Sólo
tuve la oportunidad de hablar con Celia dos veces y en ambas tuve la sensación
de estar hablando con una mujer de esos valores que se están perdiendo o se han
perdido ya: la sencillez, la sinceridad, la honestidad, el ser agradecidos… Una
de esas mujeres castellanas que han estado ahí, casi invisibles, pero sin las
que la vida no habría podido funcionar.
La
primera vez fue por teléfono en Gerona, de vuelta de un viaje por Francia para
ver la tumba de Machado. Cuando Alberto estaba hablando con su madre en el
restaurante donde habíamos parado a comer, le dije: “Pásamela.” Me sorprendió
que me diera las gracias por llevarme a Alberto y Elena de viaje. Intenté
explicarle que no era un favor, era un viaje de igual a igual. Alberto es un
hombre muy inteligente, razonable, con gran sentido del humor, le gusta
escribir, como a mí, da gusto hablar con él y con Elena. No se quejan nunca en
los viajes, no como otra gente quejica que te arruina el viaje, se amoldan a lo
que sea, lo que vaya surgiendo. Hablamos, compartimos cosas que nos preocupan o
que nos hacen gracia, nos reímos… Nos cuidamos unos a otros.
Y ella
me dijo que no todo el mundo es como yo, que Alberto había tenido muy malas
experiencias y que por eso me daba las gracias. Al colgar, se lo dije a Alberto
y me contó cosas que me indignaron. ¿Cómo puede haber gente tan cruel y tan
sinvergüenza como para irse de viaje contigo y tratarte así?
La
segunda vez nos vimos en persona en Zaragoza. Amada y yo fuimos de viaje y no
sabíamos si Alberto estaba allí, así que, lo llamamos y estaba. Y quedamos para
esa tarde. Su madre vino a conocernos y nos regaló unas pastas que estaban
buenísimas. Luego se fue a casa, porque su marido estaba enfermo. Lo que más me
llamó la atención, fueron sus ojos azules.
Ya no
la volví a ver más, pero Alberto me fue contando cómo estaba, sus problemas de
salud, sus visitas a Zaragoza para ir a verla a la residencia, Navidades que
pasó con ella… Hasta ayer, cuando me mandó un mensaje para decir que había
fallecido. Descanse en paz esta gran mujer, una señora con todas las letras. Un
abrazo, Alberto.