"Las batallas hay que darlas, se ganen o se pierdan, hay que darlas por el hecho mismo de darlas."-José Luis Sampedro.
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lunes, 20 de julio de 2026
He escrito un libro.
Tras muchos años escribiendo en el blog, al final, me he decidido a publicar un libro. Aquí lo tenéis:
https://editorialcuatrohojas.com/tienda/un-dia-en-otra-vida-preventa/
viernes, 4 de agosto de 2023
Cosas que se me ocurren limpiando areneros de los gatos.
Conduzco mejor que doy clase,
doy clase mejor que cocino,
hablo idiomas mejor que hago deporte,
conduzco peor que escribo.
Escucho mejor que hablo
en cualquier idioma.
Nado lo justo para no ahogarme,
así que prefiero hacer pie
Y tener la cabeza fuera del agua.
A veces riego las plantas
de las amigas
y planto
hierba para los gatos.
Juego al Uno
y me gana siempre mi sobrina.
Pero planear viajes, se me da muy bien.
Y cuidar gatos, también.
Hacer deporte se me da fatal,
creo que peor que cocinar,
que ya es decir.
No tengo coordinación,
por eso no sé bailar.
Pero a veces, sólo a veces,
me viene la inspiración
y me pongo a escribir.
martes, 6 de enero de 2015
Lola.
Recuerdo siempre a Lola sentada en su silla
tejiendo o leyendo el periódico. Dando pasos inseguros y lentos con la muleta o
el andador, pero siempre dándolos. Ya no hay mujeres como ella, se rompió el
molde hace tiempo, 95 años concretamente. Mujeres fuertes que sobrevivieron a la guerra, a las
penalidades, que trabajaron y lucharon muchísimo para salir adelante, una
generación de la que deberíamos aprender.
Por uno de esos azares de la vida, su hermano
Antonio se casó con una de las primas de mi abuela Fina y nuestras respectivas
familias vivieron durante años en el mismo barrio. En una época en la que la
gente se visitaba más que ahora, que siempre estamos estresados mirando el
móvil y poco a los ojos de nuestros seres queridos, supongo que se verían de
vez en cuando y tendrían cosas de qué hablar en una mezcla de valenciano y
castellano, ya que mi abuelo Joaquín también era de su pueblo y en la Vega Baja no se habla valenciano. Pero todo
eso pasó antes de que yo naciera, así que, no lo sé a ciencia cierta.
Lola ha tenido una vida larga e intensa, sobrevivió a un terremoto con pocos meses de edad, según me contó una vez, ella no se acordaba, claro, era muy pequeña. Su relato era lo que le habían contado. Vivió la guerra, la dictadura, la democracia... Le gustaba ir a votar, por todas las veces que no había podido votar en su juventud. Leía el periódico de cabo a rabo todos los días y a sus hijas les puso nombres que leyó en los libros. Lola se ha ido con los Reyes Magos. Descanse en paz.
domingo, 18 de marzo de 2012
Primavera.
Al volver de la Escuela de idiomas, paso por unos huertos de palmeras transformados en parques. Ya no hace tanto frío como antes, los días son más largos, se respira en el ambiente aquello que decía Machado:
"Es una tarde clara,
casi de primavera;
tibia tarde de marzo,
que al hálito de abril cercano lleva"
Una de esas tardes "para ser joven, para haberlo sido, cuando Dios quiso". Y es que, no sé por qué, estos días azules y este sol de mi infancia me recuerdan siempre a mi adolescencia y juventud. Esas tardes que parecían eternas por las calles de esta ciudad, tardes de tambor, de Semana Santa, de alguna saeta, noches de luna llena. De tener toda la vida por delante para aprender, para vivir y disfrutar.
"Es una tarde clara,
casi de primavera;
tibia tarde de marzo,
que al hálito de abril cercano lleva"
Una de esas tardes "para ser joven, para haberlo sido, cuando Dios quiso". Y es que, no sé por qué, estos días azules y este sol de mi infancia me recuerdan siempre a mi adolescencia y juventud. Esas tardes que parecían eternas por las calles de esta ciudad, tardes de tambor, de Semana Santa, de alguna saeta, noches de luna llena. De tener toda la vida por delante para aprender, para vivir y disfrutar.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Noviembre.
Noviembre sabe a castañas asadas, frío, días más oscuros, mal tiempo... Hojas que se caen de los árboles y cubren de marrón el suelo. Manga larga, paraguas, chaquetas, abrigos... Días grises en los que apetece quedarse en casa tapada con una manta en el sofá y no hacer nada, ni ver a nadie e hibernar, como los osos. Y, sin embargo, por ahora hace tanto calor como en junio. Pero hay luna llena, algo es algo.
lunes, 27 de octubre de 2008
Adolescencia.
(Dedicado a Cristina, una bloguera que hoy cumple 15 años.)
17-1-1989.
Así que, para no echarlo a faltar, me hice profesora, para seguir eternamente yendo al instituto, mezclarme con los adolescentes y ser un poco adolescente cada día.
Otro post relacionado, el que escribí sobre las generaciones.
"Siempre echaré de menos tener 14, 15, 16, 17 años, ser adolescente, cuando estás llena de proyectos y sueños, cuando nada es imposible si tú no quieres, cuando la vida te asquea y te encanta a la vez, cuando un rato te ríes a más no poder y más tarde igual te pones triste, cuando te sientes libre, joven y capaz de comerte el mundo.
La adolescencia y la juventud son las mejores etapas de una vida, son las etapas tuyas, verdaderamente tuyas y eres consciente de tus actos. Porque en la niñez, eres feliz, pero no eres responsable ni consciente plenamente de tus actos, en la madurez tienes una responsabilidad con tus hijos y ya no eres libre, y en la vejez ya no tienes esa euforia de la juventud.
(Escrito en mi diario el 4-11-1988, viernes, cuando yo tenía 15 años.)
Y un poema dedicado al instituto:
"Cual negras figuras de bandoleros
La adolescencia y la juventud son las mejores etapas de una vida, son las etapas tuyas, verdaderamente tuyas y eres consciente de tus actos. Porque en la niñez, eres feliz, pero no eres responsable ni consciente plenamente de tus actos, en la madurez tienes una responsabilidad con tus hijos y ya no eres libre, y en la vejez ya no tienes esa euforia de la juventud.
(Escrito en mi diario el 4-11-1988, viernes, cuando yo tenía 15 años.)
Y un poema dedicado al instituto:
"Cual negras figuras de bandoleros
las palmeras, paraguas abiertos
contra el azul oscuro del cielo en invierno
cuando el semáforo vergonzoso
nos cierra el paso de nuevo
mostrando su disco rojo.
Conjunto de clases rolleras
Conjunto de clases rolleras
y actividades extraescolares
iniciador de sueños y quimeras
desilusión o felicidad a mares.
Buenos y malos profesores,
Buenos y malos profesores,
exámenes y evaluaciones
se suceden de enero a enero
como las horas libres con los compañeros.
Inmensa mole amarilla
Inmensa mole amarilla
donde dejé de ser niña
para convertirme en adulta
al mismo tiempo que ser más culta.
Edificio mil veces odiado
Edificio mil veces odiado
y a pesar de todo mil veces amado
donde aprendí a compartir mi vida
con gente alegre y divertida
entre el patio y la cantina.
Cuando esté a punto de divorciarme y tenga
Cuando esté a punto de divorciarme y tenga
cinco o seis hijo y cuarenta años de edad
-como dice una compañera-
echaré el instituto a faltar."17-1-1989.
Así que, para no echarlo a faltar, me hice profesora, para seguir eternamente yendo al instituto, mezclarme con los adolescentes y ser un poco adolescente cada día.
Otro post relacionado, el que escribí sobre las generaciones.
lunes, 17 de julio de 2006
Fin de Noches de julio.
Me resisto a creer que hayas pasado tan pronto a la historia, a una historia que no es la mía también, sino la tuya propia, como antes de conocernos. Te quiero. Sé que es una expresión que pierde contenido semántico al repetirla, pero tú eres la primera persona a la que he dicho: "Te quiero". Contigo descubrí qué se siente en las tardes escasas de invierno, cuando el cielo amenaza lluvia y las gaviotas revolotean por el puerto. Los irlandeses creen que las gaviotas son las almas de los marineros muertos, que vuelven para recuperar algo que dejaron atrás. Menos mal que las calles de la vida cotidiana tienen carril de ida y vuelta.
Fue en una de esas tardes cuando mis labios pronunciaron la fórmula mágica. El océano Atlántico, inmenso, poderoso, se muestra verde oscuro y gris, y el cielo, sin embargo, en vez de descargar su furia, deja entrever un sol que declina, poco antes de que se vuelva negro y empiece a llover. Cómo se mezcla el verde de la hierba, el gris de las casas y el fuego solar con el color indefinido del mar. Y qué bien se ve este espectáculo desde la calle Heathmount, en Portstewart.
Cómo te voy a querer, cuando te vuelvas recuerdo, nebulosa entre neuronas que intentan acordarse de qué se siente cuando la nieve se derrite bajo unos pies mediterráneos desacostumbrados a ella. Me has enseñado tantas cosas que he aprendido de ti y contigo, que nunca podré darte las gracias. Gracias. Por haber sido lo que me habría gustado ser para ti. Por haber formado parte de mi historia individual, aunque sólo fuera durante unos meses.
Te quise en días de abril y mayo, cuando el sol era un regalo divino y no un castigo, como los rigores estivales a los que estamos acostumbrados en estas tierras. Los nativos se ponían el uniforme que lucen en las playas de Benidorm para aprovechar y ponerse morenos. Sólo conseguían ponerse rojos, pero nos enseñaban a apreciar lo que vale un rayo de sol. Y nosotros, que nacimos en la España seca, intentábamos demostrarles de qué sirven tres horas seguidas de lluvia. Aprendimos mucho en Irlanda, y no sólo en la universidad, sino también en la vida diaria.
Fue en una de esas tardes cuando mis labios pronunciaron la fórmula mágica. El océano Atlántico, inmenso, poderoso, se muestra verde oscuro y gris, y el cielo, sin embargo, en vez de descargar su furia, deja entrever un sol que declina, poco antes de que se vuelva negro y empiece a llover. Cómo se mezcla el verde de la hierba, el gris de las casas y el fuego solar con el color indefinido del mar. Y qué bien se ve este espectáculo desde la calle Heathmount, en Portstewart.
Cómo te voy a querer, cuando te vuelvas recuerdo, nebulosa entre neuronas que intentan acordarse de qué se siente cuando la nieve se derrite bajo unos pies mediterráneos desacostumbrados a ella. Me has enseñado tantas cosas que he aprendido de ti y contigo, que nunca podré darte las gracias. Gracias. Por haber sido lo que me habría gustado ser para ti. Por haber formado parte de mi historia individual, aunque sólo fuera durante unos meses.
Te quise en días de abril y mayo, cuando el sol era un regalo divino y no un castigo, como los rigores estivales a los que estamos acostumbrados en estas tierras. Los nativos se ponían el uniforme que lucen en las playas de Benidorm para aprovechar y ponerse morenos. Sólo conseguían ponerse rojos, pero nos enseñaban a apreciar lo que vale un rayo de sol. Y nosotros, que nacimos en la España seca, intentábamos demostrarles de qué sirven tres horas seguidas de lluvia. Aprendimos mucho en Irlanda, y no sólo en la universidad, sino también en la vida diaria.
domingo, 9 de julio de 2006
Noches de julio.
Tú sabes lo que pasa en las noches de principios de julio, cuando la media luna en forma de tajada de sandía brilla y entra poco aire fresco por la ventana abierta de par en par. Estoy en la ciudad, se nota por los coches, el ruido, el cambio de color en los semáforos. No sé dónde estarás tú en estos momentos. Te imagino, no sé por qué, al aire libre, viendo esta media luna de julio.
Esta noche tengo algo que contarte. Llevamos un mes sin vernos y, aunque hemos estado en contacto por carta y por teléfono, no es lo mismo: hay mil cosas que me gustaría contarte cara a cara, para comprobar cómo reaccionas, qué piensas. Para ver si arqueas la ceja izquierda en señal de extrañeza, si tus ojos verdes disfrazados de marrón me miran con reproche porque acabo de decir una barbaridad, o si tus labios están a punto de esbozar una sonrisa, reconociendo de ese modo mi sentido del humor. Para saber esas mil cosas que nunca te dice un papel emborronado de tinta azul o una voz que suena al otro lado de un artilugio metálico.
Estarás pensando cómo puedo decir esto ahora -escribir, más bien- cuando me has oído mil veces defender la comunicación epistolar, cuando me has visto tantas veces esconder mi timidez tras un papel, dar mi brazo a torcer y reconocer que tenías razón por escrito, pedirte disculpas y prometerte que podías contar conmigo en garabatos de tinta azul.
Te echo de menos. A ti, a nuestras charlas en la Universidad de Coleraine, a nuestros paseos por The Promenade, como llaman las gentes del lugar al paseo marítimo, al pub donde tomé la primera cerveza de mi vida. Nunca me ha gustado la cerveza, pero aquella me supo a gloria: tú estabas conmigo.
(Escrito en julio de 1995.)
Esta noche tengo algo que contarte. Llevamos un mes sin vernos y, aunque hemos estado en contacto por carta y por teléfono, no es lo mismo: hay mil cosas que me gustaría contarte cara a cara, para comprobar cómo reaccionas, qué piensas. Para ver si arqueas la ceja izquierda en señal de extrañeza, si tus ojos verdes disfrazados de marrón me miran con reproche porque acabo de decir una barbaridad, o si tus labios están a punto de esbozar una sonrisa, reconociendo de ese modo mi sentido del humor. Para saber esas mil cosas que nunca te dice un papel emborronado de tinta azul o una voz que suena al otro lado de un artilugio metálico.
Estarás pensando cómo puedo decir esto ahora -escribir, más bien- cuando me has oído mil veces defender la comunicación epistolar, cuando me has visto tantas veces esconder mi timidez tras un papel, dar mi brazo a torcer y reconocer que tenías razón por escrito, pedirte disculpas y prometerte que podías contar conmigo en garabatos de tinta azul.
Te echo de menos. A ti, a nuestras charlas en la Universidad de Coleraine, a nuestros paseos por The Promenade, como llaman las gentes del lugar al paseo marítimo, al pub donde tomé la primera cerveza de mi vida. Nunca me ha gustado la cerveza, pero aquella me supo a gloria: tú estabas conmigo.
(Escrito en julio de 1995.)
domingo, 12 de febrero de 2006
sábado, 4 de febrero de 2006
El billar.
(A los recreativos Dun-dum, que cerraron recientemente tras 30 años de existencia. Y a Javi, por intentar enseñarme a jugar al billar.)
En aquella época yo estudiaba Filología inglesa y quería ser escritora. Tenía un novio que también estudiaba lo mismo (de lo contrario, no me habría podido aguantar) y solíamos ir a unos recreativos a jugar al billar. A mediados de los noventa aquellos recreativos eran los más conocidos en Elche y punto de encuentro los fines de semana. Estaban situados en la Avda. Primo de Rivera (hoy Avenida Juan Carlos I) y tenían dos plantas. En la de arriba estaban las máquinas de videojuegos, los futbolines y otros artilugios para pasar un buen rato con los amigos. Abajo, en el sótano, estaban los billares y el ping-pong. También había otra parte del sótano reservada a las tragaperras pero, como ponía un cartel de "Prohibido menores de 18 años" nunca bajé en mis años mozos y luego tampoco me interesó hacerlo, así que no sé cómo era.
En la parte de los billares y el ping-pong, a mí me llamaba la atención, como mujer y escritora frustrada, que siempre estaba llena de chicos. Las pocas chicas que jugaban al billar iban con sus respectivos novios, aunque alguna rara vez también se veía un grupo de amigas jugando al billar. No es que yo tuviera un interés particular en la vertiente sociológica de este juego y, sin embargo, eso de que la mayoría de jugadores fueran chicos me daba qué pensar. Llegados a este punto, debo confesar que soy un desastre jugando al billar. Nunca he sabido ni sabré jugar, pero que conste que le pongo voluntad al asunto, algo es algo, ¿no?
Una noche, mientras mi novio iba colocando bola tras bola y yo no acertaba ni una, yo pensaba qué tendría aquella sala para que estuviéramos allí y no en un pub, copa en mano y tragando humo del tabaco ajeno, como hacían a esa misma hora miles de jóvenes como nosotros. Recorrí visualmente la sala fijándome en las paredes, la gente, la ropa que llevaban, sus gestos, las palabras que en parte me llegaban y en parte me imaginaba y pensé que tenía que escribir sobre ello. Cogí el taco y conseguí meter una de mis bolas sin saber ni cómo. Muy ufana, besé a Andrés, mi novio, y empecé a desarrollar mentalmente un boceto sobre aquella futura historia de billares. Primer problema: ¿Quién la cuenta? Una mujer, claro. Siendo yo mujer me sería muy difícil meterme en la piel de un hombre. Una chica va a jugar al billar con su novio y cuenta la escena, describe los personajes, etc.
De pronto, vi a dos chicos que jugaban con una bola roja y dos blancas en una mesa de billar sin agujeros. "Mira qué mesa tan rara" -le dije a Andrés- y él respondió que era billar artístico. Uno de los dos chicos le cedió el taco al encargado de la sala, el que encendía los contadores cuando empezaba cada partida y cobraba el importe correspondiente cuando se acababa. Aquel hombre siempre llevaba pantalones grises y jersey azul claro de pico, por el que asomaba una camisa blanca. No era muy alto ni muy delgado, llevaba gafas de pasta marrón, tendría unos sesenta años, estaba un poco calvo y debía de saberlo todo sobre el billar, porque debía de llevar muchos años en aquel sótano. Habría visto muchas partidas e, incluso, habría jugado montones de veces en sus ratos libres. Ése era el protagonista de mi historia, ése era el narrador perfecto. Si yo quería escribir con rigor algo sobre el billar, sólo podía focalizar el relato a través de él.
(Escrito en 1997, me acordé de esto cuando me enteré de que el Dun-dum había cerrado.)
En aquella época yo estudiaba Filología inglesa y quería ser escritora. Tenía un novio que también estudiaba lo mismo (de lo contrario, no me habría podido aguantar) y solíamos ir a unos recreativos a jugar al billar. A mediados de los noventa aquellos recreativos eran los más conocidos en Elche y punto de encuentro los fines de semana. Estaban situados en la Avda. Primo de Rivera (hoy Avenida Juan Carlos I) y tenían dos plantas. En la de arriba estaban las máquinas de videojuegos, los futbolines y otros artilugios para pasar un buen rato con los amigos. Abajo, en el sótano, estaban los billares y el ping-pong. También había otra parte del sótano reservada a las tragaperras pero, como ponía un cartel de "Prohibido menores de 18 años" nunca bajé en mis años mozos y luego tampoco me interesó hacerlo, así que no sé cómo era.
En la parte de los billares y el ping-pong, a mí me llamaba la atención, como mujer y escritora frustrada, que siempre estaba llena de chicos. Las pocas chicas que jugaban al billar iban con sus respectivos novios, aunque alguna rara vez también se veía un grupo de amigas jugando al billar. No es que yo tuviera un interés particular en la vertiente sociológica de este juego y, sin embargo, eso de que la mayoría de jugadores fueran chicos me daba qué pensar. Llegados a este punto, debo confesar que soy un desastre jugando al billar. Nunca he sabido ni sabré jugar, pero que conste que le pongo voluntad al asunto, algo es algo, ¿no?
Una noche, mientras mi novio iba colocando bola tras bola y yo no acertaba ni una, yo pensaba qué tendría aquella sala para que estuviéramos allí y no en un pub, copa en mano y tragando humo del tabaco ajeno, como hacían a esa misma hora miles de jóvenes como nosotros. Recorrí visualmente la sala fijándome en las paredes, la gente, la ropa que llevaban, sus gestos, las palabras que en parte me llegaban y en parte me imaginaba y pensé que tenía que escribir sobre ello. Cogí el taco y conseguí meter una de mis bolas sin saber ni cómo. Muy ufana, besé a Andrés, mi novio, y empecé a desarrollar mentalmente un boceto sobre aquella futura historia de billares. Primer problema: ¿Quién la cuenta? Una mujer, claro. Siendo yo mujer me sería muy difícil meterme en la piel de un hombre. Una chica va a jugar al billar con su novio y cuenta la escena, describe los personajes, etc.
De pronto, vi a dos chicos que jugaban con una bola roja y dos blancas en una mesa de billar sin agujeros. "Mira qué mesa tan rara" -le dije a Andrés- y él respondió que era billar artístico. Uno de los dos chicos le cedió el taco al encargado de la sala, el que encendía los contadores cuando empezaba cada partida y cobraba el importe correspondiente cuando se acababa. Aquel hombre siempre llevaba pantalones grises y jersey azul claro de pico, por el que asomaba una camisa blanca. No era muy alto ni muy delgado, llevaba gafas de pasta marrón, tendría unos sesenta años, estaba un poco calvo y debía de saberlo todo sobre el billar, porque debía de llevar muchos años en aquel sótano. Habría visto muchas partidas e, incluso, habría jugado montones de veces en sus ratos libres. Ése era el protagonista de mi historia, ése era el narrador perfecto. Si yo quería escribir con rigor algo sobre el billar, sólo podía focalizar el relato a través de él.
(Escrito en 1997, me acordé de esto cuando me enteré de que el Dun-dum había cerrado.)
jueves, 2 de febrero de 2006
Tras el cristal 2.
(No es la segunda parte de una película de acción, sigue de Tras el cristal.)
Esta mañana, cuando la lluvia abría caminos insospechados en la espesura de la ventanilla, mientras iba dejando atrás las calles del centro de Mánchester y las zonas residenciales, he sentido, como tantas otras veces, que soy una mujer mediterránea. No me van las nubecitas y las lluvias diarias porque estoy acostumbrada a ver el sol entre las palmeras de mi tierra y el mar, de color indefinido, eternamente poderoso e inmenso.
¿Qué es lo que veo desde el autobús cuando voy y vengo de Middleton? Veo anuncios que me llaman mucho la atención. Anuncios en los autobuses y en grandes vallas, en las paredes metálicas de algún solar en construcción, en los periódicos y en el banco donde trabajo. Ahora sé, gracias a los anuncios, que hay lugares en Gran Bretaña en que el racismo no existe, "aquí", es decir, en la cabeza de cada uno de los bebés que aparecen en la foto en blanco y negro del anuncio. Sé que la palabra más pronunciada en el mundo es "OK" y la segunda una conocida marca de cola. Que, si no te puedes refrescar, como el chico que en el anuncio lleva los pantalones cortos llenos de cubitos de hielo, debes beber una determinada marca de refresco. He aprendido que no todo el mundo se echa novia en el edificio de al lado, por eso hay trenes que van de Mánchester a Nottingham cada hora. Que las cabinas telefónicas son cajas para charlar (chatboxes) y que el asesino más importante de Gran Bretaña, según una asociación para la prevención de los ataques de corazón, vive en la caja torácica y es el corazón.
Es verano, de nuevo, y hay coches que se estrellan contra los árboles de las carreteras. Después dicen que los anuncios de la DGT son demasiado realistas, pues la DGT británica no se corta un pelo cuando pone una familia entera inmóvil y chorreando de sangre tras chocar contra un árbol. "Llegas pronto", dice una chica que lleva un famoso sujetador. No sé a quién se lo dirá. Una enfermera besa a un niño, así es como entienden la medicina en no sé qué clínica privada. Y, después del trabajo, de tanto anuncio y tal, "¿Has hecho hoy algo que valiera una cerveza X?" He hecho tantas cosas que valen más de una cerveza... Y vuelvo a mi habitación con la GM Buses porque es una compañía con "gente en movimiento", igual que, según el eslógan publicitario, en el banco donde trabajo "la gente es lo que importa".
(Escrito en el verano de 1994.)
Esta mañana, cuando la lluvia abría caminos insospechados en la espesura de la ventanilla, mientras iba dejando atrás las calles del centro de Mánchester y las zonas residenciales, he sentido, como tantas otras veces, que soy una mujer mediterránea. No me van las nubecitas y las lluvias diarias porque estoy acostumbrada a ver el sol entre las palmeras de mi tierra y el mar, de color indefinido, eternamente poderoso e inmenso.
¿Qué es lo que veo desde el autobús cuando voy y vengo de Middleton? Veo anuncios que me llaman mucho la atención. Anuncios en los autobuses y en grandes vallas, en las paredes metálicas de algún solar en construcción, en los periódicos y en el banco donde trabajo. Ahora sé, gracias a los anuncios, que hay lugares en Gran Bretaña en que el racismo no existe, "aquí", es decir, en la cabeza de cada uno de los bebés que aparecen en la foto en blanco y negro del anuncio. Sé que la palabra más pronunciada en el mundo es "OK" y la segunda una conocida marca de cola. Que, si no te puedes refrescar, como el chico que en el anuncio lleva los pantalones cortos llenos de cubitos de hielo, debes beber una determinada marca de refresco. He aprendido que no todo el mundo se echa novia en el edificio de al lado, por eso hay trenes que van de Mánchester a Nottingham cada hora. Que las cabinas telefónicas son cajas para charlar (chatboxes) y que el asesino más importante de Gran Bretaña, según una asociación para la prevención de los ataques de corazón, vive en la caja torácica y es el corazón.
Es verano, de nuevo, y hay coches que se estrellan contra los árboles de las carreteras. Después dicen que los anuncios de la DGT son demasiado realistas, pues la DGT británica no se corta un pelo cuando pone una familia entera inmóvil y chorreando de sangre tras chocar contra un árbol. "Llegas pronto", dice una chica que lleva un famoso sujetador. No sé a quién se lo dirá. Una enfermera besa a un niño, así es como entienden la medicina en no sé qué clínica privada. Y, después del trabajo, de tanto anuncio y tal, "¿Has hecho hoy algo que valiera una cerveza X?" He hecho tantas cosas que valen más de una cerveza... Y vuelvo a mi habitación con la GM Buses porque es una compañía con "gente en movimiento", igual que, según el eslógan publicitario, en el banco donde trabajo "la gente es lo que importa".
(Escrito en el verano de 1994.)
domingo, 29 de enero de 2006
Manías.
Entró en casa abriendo la puerta con la llave en la mano izquierda, no porque fuera zurda, sino porque a veces le daba por probar cómo se hacen las cosas con la otra mano. Es un ejercicio interesante para ponerse en el lugar de los otros y, además, pensaba que es útil saber usar bien las dos manos, por si un día tienes la derecha ocupada o herida. Una amiga pianista le había contado una vez que, para tener las manos ágiles, ellos hacen muchos ejercicios para saber usar ambas manos. Jamás había tocado el piano, a pesar de sus manos de dedos largos que llamaban "de pianista" y, sin embargo, entendía perfectamente por qué Juan Ramón Jiménez escribió aquello de: "Nacía gris, la luna, y Beethoven lloraba, bajo la mano blanca, en el piano de ella..." Era difícil escuchar El claro de luna de Beethoven sin que te cayeran unas lagrimitas de emoción, las mismas que resbalaron por la cara de Marta al escuchar el Concierto nº2 de Rachmaninov cuando la llevó en su coche aquella noche de junio. Siempre había pensado que sabía poco de música clásica, y, de pronto, le entró la manía de comprarse CDs de pianistas famosos.
Pasó por delante del espejo sin mirarse, ¿para qué, si ya sabía cómo era? Puede que piensen que no era una mujer coqueta, que en su otra vida fue vampiresa y de ahí su manía de no mirarse casi nunca al espejo o que tenía la autoestima baja y por eso no se miraba, pero lo cierto es que ella pensaba que lo interior vale más que lo exterior. La belleza de la cara y el cuerpo es efímera, mientras que una cabeza bien amueblada, conocerse bien a una misma y saber cómo actuar es algo que te servirá toda la vida. Y, sin embargo, qué ojos cuando se miraba al espejo: eran de un color que no sabría describir. Marrones en el centro, se iban tornando verdosos conforme se alejaban hasta acabar en un círculo gris oscuro que separaba la parte blanca del ojo de la coloreada. No se desmaquilló porque jamás se maquillaba, le parecía una esclavitud innecesaria pues, quien la quisiera de verdad, la querría como era, al natural. Además era una esclavitud para quedar bien con los otros, porque ella no vería si tenía que retocarse el pintalabios o el rímel a no ser que se mirara al espejo y no acostumbraba a hacerlo...
Al llegar a su habitación, se quitó los zapatos, que nunca eran de tacón. Aparte de por una cuestión práctica, ya que los zapatos planos son más cómodos, porque era una persona tímida y discreta a la que le gustaba pasar desapercibida. Y le daba rabia oír el sonido de sus propios pasos cuando usaba zapatos de suela de goma, así que, mucho más el taconeo. Creo que ya he mencionado las cinco manías requeridas: abrir las puertas con la llave en la mano izquierda, escuchar música de piano, no mirarse en el espejo, no maquillarse y no usar zapatos de tacón. Sin embargo, podría seguir: a ella le gustaba llevar el pelo suelto, sin adornos ni complementos. Y le gustaba el azul y muchas veces se vestía de ese color.
Aquella noche se puso un pijama azul. Tomó un libro de la estantería, en la que estaban ordenados por idiomas, editoriales y colores, y se puso a leer. Unos años atrás solía escuchar la radio antes de dormir, ahora le había dado por la lectura. Ambas cosas tenían su riesgo, pues la radio se programaba para apagarse una hora después y, a pesar de ello, si el programa era interesante, una hora después seguía despierta y volvía a programarla para una hora más. Así, sucesivamente hasta las 4 am en que acababa el programa, con lo cual, al día siguiente iba a estudiar o trabajar como zombi. Y los libros, como la engancharan y le diera por leer hasta caer rendida, también podían ser peligrosos. Pero es que le encantaba estar sola de noche leyendo, escribiendo o escuchando la radio.
Espero haber cumplido, Umma1. El juego "Manías a lo Ponto" consiste en contar cinco manías pero, en vez de hacer una simple enumeración de manías se trata de inventar una historia en la que estén incluidas esas cinco manías. Y ahora se supone que yo debería decir cinco personas para que siguieran la cadena, pero en vez de dar nombres, voy a pedir cinco voluntarios/as. Espero que seáis valientes y os atreváis.
Espero haber cumplido, Umma1. El juego "Manías a lo Ponto" consiste en contar cinco manías pero, en vez de hacer una simple enumeración de manías se trata de inventar una historia en la que estén incluidas esas cinco manías. Y ahora se supone que yo debería decir cinco personas para que siguieran la cadena, pero en vez de dar nombres, voy a pedir cinco voluntarios/as. Espero que seáis valientes y os atreváis.
sábado, 28 de enero de 2006
Tras el cristal.
Llevo gafas desde los 17 años, lo cual me ha obligado a ver la vida tras un cristal. Por eso esta historia muestra mi visión particular de las cosas, siempre a través de un cristal: el de la ventana de una habitación, el de la ventanilla del autobús, el coche o el tren, pero siempre, tras el cristal.
Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así: Perleta. Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así porque este verano no lo paso en la casa de campo que mi familia tienen en Perleta, de donde procede la anterior descripción. Estoy en la habitación 113 de Allen Hall, una residencia universitaria de Mánchester. Tras la ventana se vislumbra, a través del enmarañado ramaje de los árboles del jardín, un trozo gris oscuro pintado de rayas blancas. Es Wilmslow Road. Pasan muchos coches y autobuses de dos pisos a esta hora y estudiantes en bici con el walkman puesto y, de vez en cuando, algún peatón. Casi siempre, estudiantes, ya que esta es la zona de las residencias universitarias, o mujeres que van a comprar al supermercado de aquí cerca. Mujeres paquistaníes o hindúes, no lo sé, sólo sé que van vestidas como he visto en las películas que se visten las mujeres hindúes, con saris (creo que se llaman así) muy brillantes. Pasan junto a la reja de Allen Hall y el buzón de color rojo al que echo las cartas para mi familia y amigos. Es fantástico poner mi nombre en el remite con una dirección distinta a la habitual, una dirección propia, y escribir bajo el sello naranja de primera clase la dirección de mi casa. Me siento independiente.
La lluvia emborrona los polvorientos cristales de mi habitación, cae la noche sobre Mánchester y cada vez tengo menos luz para seguir escribiendo. Elche queda tan lejos que a veces pienso que no existe y que todo mi pasado ha sido un sueño. Que nunca he sido representante de alumnos en la Junta de facultad, ni me ha quedado una asignatura pendiente para septiembre, ni han existido mis pequeños problemas sentimentales. Que siempre he vivido aquí, en esta habitación de paredes desconchadas, que todas las mañanas de mi vida me he vestido con falda, chaqueta y zapatos de tacón para ir a trabajar y que nací hablando inglés perfectamente.
Esta mañana, cuando iba a trabajar en el minibús que me lleva cada día a Middleton, he llegado a la conclusión de que me gusta este país y no quisiera irme nunca. Está lloviendo, y las gotas de lluvia resbalan por las hojas y el tronco de cada árbol de los que montan guardia a la puerta de Allen Hall. Se estarán mojando las ardillas y esos pájaros negros y gordos que nunca había visto en Elche, los cuervos que habitan en el jardín. Todo sigue igual que ayer, igual que mañana. Porque aquí hay una armonía extraña y monótona que no encuentro en las palmeras de mi tierra natal. Me paso la vida huyendo para acabar descubriendo cuánto echo de menos todo lo que es mío y me pertenece. Que si huyo de Elche es para descubrir cuánto la quiero cuando estoy en un paisaje extraño. Así me reconcilio conmigo misma y con mi ciudad para volver renovada.
(Escrito en Mánchester en el verano de 1994 cuando hice prácticas de trabajo en un banco para mejorar mi inglés.)
Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así: Perleta. Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así porque este verano no lo paso en la casa de campo que mi familia tienen en Perleta, de donde procede la anterior descripción. Estoy en la habitación 113 de Allen Hall, una residencia universitaria de Mánchester. Tras la ventana se vislumbra, a través del enmarañado ramaje de los árboles del jardín, un trozo gris oscuro pintado de rayas blancas. Es Wilmslow Road. Pasan muchos coches y autobuses de dos pisos a esta hora y estudiantes en bici con el walkman puesto y, de vez en cuando, algún peatón. Casi siempre, estudiantes, ya que esta es la zona de las residencias universitarias, o mujeres que van a comprar al supermercado de aquí cerca. Mujeres paquistaníes o hindúes, no lo sé, sólo sé que van vestidas como he visto en las películas que se visten las mujeres hindúes, con saris (creo que se llaman así) muy brillantes. Pasan junto a la reja de Allen Hall y el buzón de color rojo al que echo las cartas para mi familia y amigos. Es fantástico poner mi nombre en el remite con una dirección distinta a la habitual, una dirección propia, y escribir bajo el sello naranja de primera clase la dirección de mi casa. Me siento independiente.
La lluvia emborrona los polvorientos cristales de mi habitación, cae la noche sobre Mánchester y cada vez tengo menos luz para seguir escribiendo. Elche queda tan lejos que a veces pienso que no existe y que todo mi pasado ha sido un sueño. Que nunca he sido representante de alumnos en la Junta de facultad, ni me ha quedado una asignatura pendiente para septiembre, ni han existido mis pequeños problemas sentimentales. Que siempre he vivido aquí, en esta habitación de paredes desconchadas, que todas las mañanas de mi vida me he vestido con falda, chaqueta y zapatos de tacón para ir a trabajar y que nací hablando inglés perfectamente.
Esta mañana, cuando iba a trabajar en el minibús que me lleva cada día a Middleton, he llegado a la conclusión de que me gusta este país y no quisiera irme nunca. Está lloviendo, y las gotas de lluvia resbalan por las hojas y el tronco de cada árbol de los que montan guardia a la puerta de Allen Hall. Se estarán mojando las ardillas y esos pájaros negros y gordos que nunca había visto en Elche, los cuervos que habitan en el jardín. Todo sigue igual que ayer, igual que mañana. Porque aquí hay una armonía extraña y monótona que no encuentro en las palmeras de mi tierra natal. Me paso la vida huyendo para acabar descubriendo cuánto echo de menos todo lo que es mío y me pertenece. Que si huyo de Elche es para descubrir cuánto la quiero cuando estoy en un paisaje extraño. Así me reconcilio conmigo misma y con mi ciudad para volver renovada.
(Escrito en Mánchester en el verano de 1994 cuando hice prácticas de trabajo en un banco para mejorar mi inglés.)
miércoles, 25 de enero de 2006
¿Qué busca el viento esta tarde?

"Aquel árbol que mueve la foxa, algo se le antoxa." Íñigo López de Mendoza.
Las nubes, grises y blancas, desaparecían tras la montaña de roca impenetrable que guardaba la huella de los siglos tallada en sus barrancos y arboledas. ¿Qué buscaba el viento esa tarde, murmurando entre los árboles? Jamás había tenido esa sensación de estar en paz consigo misma y con los demás, de vivir integrada en un medio del que había salido y al que volvería.
La pradera era bella, la montaña era bella, y los árboles verdes que coqueteaban con el viento eran bellos. O, mejor dicho, belleza era esa montaña cortada a dentelladas brutales, que mostraba orgullosa su piel verde y marrón. Belleza era el árbol esbelto que trepaba hasta su ventana para saludarla con sus ramas. Belleza era aquel paisaje de agua, roca y vegetación. Y nada más en el mundo podría ser nunca bello, porque toda la belleza existente se había quedado allí, por los siglos de los siglos.
Ya no podría extasiarse ante la cúpula azul de la iglesia de su pueblo, agazapada entre palmeras al caer la tarde, porque no le parecería bella. Ya no podría contemplar el mar, la alfombra marina de dudosos verdes y azules, ni la arena dorada tostándose al sol, porque ya no era bella. No, claro que no. Indudablemente, la montaña poseía una belleza superior, la única belleza posible, una mezcla de rudeza y candor, fuerza y ternura.
¿Qué buscaba el viento esa tarde, susurrando entre los árboles? Las hojas se contoneaban con un ritmo sensual desconocido que era imposible descifrar porque los ojos humanos no podían abarcar la inmensidad de color verde. Fue entonces cuando comprendió que estaba enamorada y que, al llegar el otoño, cuando las hojas de los árboles, amortajadas de marrón, yacieran en la carretera, necesitaría a alguien en quien invertir caricias y besos hasta exhalar el último suspiro. Fue entonces cuando comprendió que debía entregar su espacio y su tiempo a alguien que supiera hacerla feliz, pues el último latido había de ser el primero de la eternidad. De una eternidad hecha de roca, agua y vegetación.
Entonces tuvo la certeza de algo que había sospechado muchas veces, pero que no se había atrevido jamás a reconocer: La realidad es que allí estaba él, con sus camisas de rayas verticales, sus pantalones bien planchados y esa delicada manera de cederle el paso cuando entraban en alguna cafetería. Su relación no pasaba de ser una buena amistad, iban juntos al cine o a tomar café, pero, ¿eso garantizaba que harían buena pareja? ¡Ojalá supiera qué buscaba el viento esa tarde, susurrando entre los árboles!
(Escrito en septiembre de 1993 tras un viaje a Benasque, en los Pirineos. La foto también es de allí.)
martes, 3 de enero de 2006
Poesía.
De todas las poesías que escribí en mi adolescencia, creo que las mejores fueron las de los 17 años. Se ve que en esa época estaba inspirada. Hoy en día, a pesar de que me sonrojo cuando las leo en la intimidad, creo que todavía hay alguna que se podría salvar de la hoguera. Como esta que publiqué en Koma etíliko, la revista de la facultad, el 3-2-1993. Escrita el 29-4-1991.
Despedida
Hemos llegado ya a la encrucijada,
el punto que adjudica dos caminos,
dos vidas, dos futuros bien distintos,
el momento de la última palabra.
Por no saber decir nada importante,
escribo y mojo pluma en corazón
y guarda miel vivida este buzón
que me endulza de recuerdos la sangre.
Sonríe, quiero tatuarme tu risa
en un profundo rincón del ánima
para, así, rememorarte sin prisa.
Cuando pongamos fin a esta página,
verás, de la ventana en la repisa,
cristalino ojo cuajarse en lágrima.
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