(A los recreativos Dun-dum, que cerraron recientemente tras 30 años de existencia. Y a Javi, por intentar enseñarme a jugar al billar.)
En aquella época yo estudiaba Filología inglesa y quería ser escritora. Tenía un novio que también estudiaba lo mismo (de lo contrario, no me habría podido aguantar) y solíamos ir a unos recreativos a jugar al billar. A mediados de los noventa aquellos recreativos eran los más conocidos en Elche y punto de encuentro los fines de semana. Estaban situados en la Avda. Primo de Rivera (hoy Avenida Juan Carlos I) y tenían dos plantas. En la de arriba estaban las máquinas de videojuegos, los futbolines y otros artilugios para pasar un buen rato con los amigos. Abajo, en el sótano, estaban los billares y el ping-pong. También había otra parte del sótano reservada a las tragaperras pero, como ponía un cartel de "Prohibido menores de 18 años" nunca bajé en mis años mozos y luego tampoco me interesó hacerlo, así que no sé cómo era.
En la parte de los billares y el ping-pong, a mí me llamaba la atención, como mujer y escritora frustrada, que siempre estaba llena de chicos. Las pocas chicas que jugaban al billar iban con sus respectivos novios, aunque alguna rara vez también se veía un grupo de amigas jugando al billar. No es que yo tuviera un interés particular en la vertiente sociológica de este juego y, sin embargo, eso de que la mayoría de jugadores fueran chicos me daba qué pensar. Llegados a este punto, debo confesar que soy un desastre jugando al billar. Nunca he sabido ni sabré jugar, pero que conste que le pongo voluntad al asunto, algo es algo, ¿no?
Una noche, mientras mi novio iba colocando bola tras bola y yo no acertaba ni una, yo pensaba qué tendría aquella sala para que estuviéramos allí y no en un pub, copa en mano y tragando humo del tabaco ajeno, como hacían a esa misma hora miles de jóvenes como nosotros. Recorrí visualmente la sala fijándome en las paredes, la gente, la ropa que llevaban, sus gestos, las palabras que en parte me llegaban y en parte me imaginaba y pensé que tenía que escribir sobre ello. Cogí el taco y conseguí meter una de mis bolas sin saber ni cómo. Muy ufana, besé a Andrés, mi novio, y empecé a desarrollar mentalmente un boceto sobre aquella futura historia de billares. Primer problema: ¿Quién la cuenta? Una mujer, claro. Siendo yo mujer me sería muy difícil meterme en la piel de un hombre. Una chica va a jugar al billar con su novio y cuenta la escena, describe los personajes, etc.
De pronto, vi a dos chicos que jugaban con una bola roja y dos blancas en una mesa de billar sin agujeros. "Mira qué mesa tan rara" -le dije a Andrés- y él respondió que era billar artístico. Uno de los dos chicos le cedió el taco al encargado de la sala, el que encendía los contadores cuando empezaba cada partida y cobraba el importe correspondiente cuando se acababa. Aquel hombre siempre llevaba pantalones grises y jersey azul claro de pico, por el que asomaba una camisa blanca. No era muy alto ni muy delgado, llevaba gafas de pasta marrón, tendría unos sesenta años, estaba un poco calvo y debía de saberlo todo sobre el billar, porque debía de llevar muchos años en aquel sótano. Habría visto muchas partidas e, incluso, habría jugado montones de veces en sus ratos libres. Ése era el protagonista de mi historia, ése era el narrador perfecto. Si yo quería escribir con rigor algo sobre el billar, sólo podía focalizar el relato a través de él.
(Escrito en 1997, me acordé de esto cuando me enteré de que el Dun-dum había cerrado.)
En aquella época yo estudiaba Filología inglesa y quería ser escritora. Tenía un novio que también estudiaba lo mismo (de lo contrario, no me habría podido aguantar) y solíamos ir a unos recreativos a jugar al billar. A mediados de los noventa aquellos recreativos eran los más conocidos en Elche y punto de encuentro los fines de semana. Estaban situados en la Avda. Primo de Rivera (hoy Avenida Juan Carlos I) y tenían dos plantas. En la de arriba estaban las máquinas de videojuegos, los futbolines y otros artilugios para pasar un buen rato con los amigos. Abajo, en el sótano, estaban los billares y el ping-pong. También había otra parte del sótano reservada a las tragaperras pero, como ponía un cartel de "Prohibido menores de 18 años" nunca bajé en mis años mozos y luego tampoco me interesó hacerlo, así que no sé cómo era.
En la parte de los billares y el ping-pong, a mí me llamaba la atención, como mujer y escritora frustrada, que siempre estaba llena de chicos. Las pocas chicas que jugaban al billar iban con sus respectivos novios, aunque alguna rara vez también se veía un grupo de amigas jugando al billar. No es que yo tuviera un interés particular en la vertiente sociológica de este juego y, sin embargo, eso de que la mayoría de jugadores fueran chicos me daba qué pensar. Llegados a este punto, debo confesar que soy un desastre jugando al billar. Nunca he sabido ni sabré jugar, pero que conste que le pongo voluntad al asunto, algo es algo, ¿no?
Una noche, mientras mi novio iba colocando bola tras bola y yo no acertaba ni una, yo pensaba qué tendría aquella sala para que estuviéramos allí y no en un pub, copa en mano y tragando humo del tabaco ajeno, como hacían a esa misma hora miles de jóvenes como nosotros. Recorrí visualmente la sala fijándome en las paredes, la gente, la ropa que llevaban, sus gestos, las palabras que en parte me llegaban y en parte me imaginaba y pensé que tenía que escribir sobre ello. Cogí el taco y conseguí meter una de mis bolas sin saber ni cómo. Muy ufana, besé a Andrés, mi novio, y empecé a desarrollar mentalmente un boceto sobre aquella futura historia de billares. Primer problema: ¿Quién la cuenta? Una mujer, claro. Siendo yo mujer me sería muy difícil meterme en la piel de un hombre. Una chica va a jugar al billar con su novio y cuenta la escena, describe los personajes, etc.
De pronto, vi a dos chicos que jugaban con una bola roja y dos blancas en una mesa de billar sin agujeros. "Mira qué mesa tan rara" -le dije a Andrés- y él respondió que era billar artístico. Uno de los dos chicos le cedió el taco al encargado de la sala, el que encendía los contadores cuando empezaba cada partida y cobraba el importe correspondiente cuando se acababa. Aquel hombre siempre llevaba pantalones grises y jersey azul claro de pico, por el que asomaba una camisa blanca. No era muy alto ni muy delgado, llevaba gafas de pasta marrón, tendría unos sesenta años, estaba un poco calvo y debía de saberlo todo sobre el billar, porque debía de llevar muchos años en aquel sótano. Habría visto muchas partidas e, incluso, habría jugado montones de veces en sus ratos libres. Ése era el protagonista de mi historia, ése era el narrador perfecto. Si yo quería escribir con rigor algo sobre el billar, sólo podía focalizar el relato a través de él.
(Escrito en 1997, me acordé de esto cuando me enteré de que el Dun-dum había cerrado.)
2 comentarios:
mmm AMELCHE...
alguna vez visité el billar con mi marido... en ese entonces mi novio.... y la verdad es que de ver el ambiente, la concentración y el rictus de triunfo de los caballeros... a mi me dió por fantasear en historias de otro tipo!!
ays..
muchos besos niña...
hice el remedio tuyo del vinagre, ni te cuento...jajajaja
Tú es que jugabas mejor que yo al billar, al menos, parece que estabas más atenta al movimiento de las bolas. Yo, como estaba mirando más las paredes, por eso no acertaba. Pero, de vez en cuando, una también miraba otras cosas, que para eso tiene ojos. :-)
¿Y qué tal lo del vinagre? No te lo bebas, que dice Verónica que tiene un sabor horroroso. Bueno, pues que se te cure pronto la garganta. Un abrazo:
Ana
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