martes, 21 de febrero de 2006

Los colores de Derry 1

Pilar me ha enviado esta historia que me encanta y me ha devuelto a un tiempo pasado. Como es muy larga, la publico en dos partes.
Durante cuatro meses Derry fue mi hogar. Ahora, la luz de Málaga parece cegarme, borrando las imágenes de las calles que recorrí, de los lugares que fueron cotidianos. Un par de aviones y varias horas en Stansted me arrancaron del cálido verano malagueño, para trasladarme a una pequeña ciudad a las orillas del Foyle. Cambié el azul luminoso de Málaga por el verde de los campos irlandeses y el cielo gris de una ciudad de nombre equívoco. El bullicio del mes de la Feria se trocó en el ajetreado comienzo de curso en una escuela en la que casi todo me era extraño. Pero desde el primer momento me sentí parte de aquel lugar, aquel era mi sitio durante casi cuatro meses. Su lluvia fue mi lluvia, sus calles a veces anodinas fueron las mías, y cuando recorría los pasillos de Santa Cecilia para hacer fotocopias o preparaba la clase en el semi barracón que constituye el Anexo de Lenguas Modernas, aquella era mi clase y mi escuela. Y ahora, la vuelta a los lugares cotidianos, apenas olvidados este tiempo, amenazaba con borrar la inmediatez de los recuerdos, y, antes de que eso pueda suceder, quiero decirte algo, pequeña, gris, casi anodina, ciudad de Derry.
Tu nombre es el primer equívoco que se le presenta al visitante. Y yo tomé partido, hice mi elección casi desde el primer momento, y la confirmé tras visitar por primera vez el Bogside o leer los primeros capítulos del relato de Paddy Doherty. Ya supe que Derry es tu nombre y Derry serás siempre para mí. Y espero que ya ese nombre no te cueste más sangre.
Cuando te conocí me sorprendió la pequeñez de tu puerta de entrada, y la increíble soledad de tus calles en domingo por la mañana, la sordidez del Waterside y su Workhouse, en vigor hasta los años cuarenta del siglo que acaba de terminar. Confundí, ¡terrible error! las torres de tus catedrales, ¿hermanas? ¿rivales?, y me encontré frente por frente con el cartel lealista, cuando buscaba mi camino de vuelta a casa.. la primera tarde que visitaba la ciudad... Tuve que protegerme de la lluvia, que me acompañó, tenaz, en mi primera visita a Buncrana... Pero pronto hubo un milagro, y conocí durante tres semanas la faz del verano de Derry. Un cielo claro, luz del sol en las clases de la tarde, y una temperatura que me hizo comprar una chaqueta ligera en mis queridos Dunnes Stores, y una falda, cómoda, viajera y algo picante, en una “charity” del Diamond.
Y ese septiembre fue verano en Derry. Y Derry se vistió de azul, y el sol iluminaba el campo verde frente a la puerta de mi casa y me brindaba unas preciosas puestas cuando regresaba al atardecer y lo descubría en lo alto de la colina, al comenzar la cuesta de Glen Road.
Llegó octubre y Derry comenzó a ser una ciudad gris. Los últimos días del mes la lluvia azotó la ciudad, y la lluvia, una lluvia sin piedad, me acompañó en Dublín el día que Felipe regresaba a España, y la lluvia, una lluvia más suave, me recibió en Dublín la tarde que llegué camino yo a España.
Y durante los cuatro días que pasé en Málaga, la naturaleza se contagió en Derry de la borrachera general de Halloween, y puso a la ciudad un mágico disfraz. Cuando regresé encontré Derry pintado de los más bellos colores. El campo frente a la casa seguía siendo verde, pero los árboles se habían vestido con una increíble variedad de rojos, marrones y amarillos. Como si un pintor apasionado e imaginativo hubiera recorrido la ciudad, mezclando colores en su paleta y vertiéndolos después en un lienzo compuesto por miles de hojas. Era el otoño. Un bellísimo otoño. Mas tan breve.... Apenas duró una semana. Las mañanas tuvieron entonces una luz especial, y el corto trayecto hasta la casa de Nuala se convertía cada día en una ocasión de gozar de una visión que hubiera deseado ser capaz de plasmar en un cuadro. E incluso la espera en el patio, junto al Peugeot rojo, se transformaba en la posibilidad de gozar un poquito más de esa belleza, antes de encerrarme entre las paredes del Anexo... Al salir de la escuela, el día estaba ya a punto de acabar y apenas podía disfrutar de la fiesta de colores, acaso tan sólo saludar a los árboles rojos frente al Guildhall... Las calles estaban cubiertas de hojas, que mezcladas con el barro formaban un tapiz sucio y poco confortable... Sí, fue el otoño de Derry... fugaz otoño... Al final de aquella semana, el viento, un viento enfurecido (quien sabe si por los odios insensatos de los humanos) y una lluvia que te azota sin que puedas protegerte¸ desnudaron las ramas de los árboles, barrieron las hojas que cubrían las calles y despojaron a la ciudad de su manto rojo y amarillo...

5 comentarios:

cieloazzul dijo...

AMELCHE,
Me has llevado de paseo a tu ciudad Derry que ahora se queda un poquito también mía aunque no la conozca...
que maravillosa forma de relatar éste paisaje, he sentido e imaginado ese matíz de colores y ese aroma a nostalgia y alegría con que has compartido...
Muchas Gracias... Muchas gracias..pocas veces uno tiene la suerte de encontrarse con un paseo de ésta magnitud en lunes por la noche y con el cansancio de un día agetreado de trabajo!
Muchos besos, muchos...

Umma1 dijo...

Cuánta nostalgia...!
Leía en el post anterior ese largo despedirse de los lugares habitados, ahora me pregunto si alguna vez nos despedimos de ellos.
Seguramente no, porque al irnos, no somos los mismos que llegamos.

amelche dijo...

CIELOAZZUL: Me alegra que te haya gustado. El texto es de mi amiga Pilar, a quien conocí en Derry, y me encantó cuando me lo mandó por e-mail en 2002. Ayer me lo volvió a mandar por si lo quería publicar en el blog y por eso lo hice. Luego pondré la segunda parte, que era un poco largo.

UMMA: es verdad que no somos los mismos al llegar que al partir. Un abrazo:
Ana

La gata que no esta triste y azul dijo...

Precioso paseo, de verdad que lo he visto.

amelche dijo...

MAHAYA: Pues un día nos vamos y lo vemos in situ. ¿Estás mejor? Estabas un poco nostálgica en tu blog.