lunes, 30 de agosto de 2010

Irlanda 2010 (Quinta parte)

Al día siguiente dejamos Portmagee con bastante pena y emprendimos la marcha hacia Dingle. No pudimos recorrer la península entera porque teníamos un largo viaje antes de llegar al siguiente B&B, ya que no encontré alojamiento más próximo; en los pueblos más cercanos estaba ya todo ocupado para esa noche. Vimos una abuela haciendo autostop para ir al pueblo de al lado y estuvimos a punto de recogerla, pero casi no había sitio para parar al borde de la carretera y no era plan dar un frenazo con lo pegados que venían los de detrás. Además, recordemos que, como las maletas no cabían en el maletero, llevábamos una en el asiento de atrás, justo por donde tendría que haber subido la señora. Así que lo dejamos estar, otra vez será. Tampoco recogimos después a algún universitario que hacía autostop entre Oughterard y Galway, que habría sido como Brad Pitt en Thelma y Louise, aunque ninguno de ellos estuviera tan bueno, pero en fin, nos lo perdimos. La próxima vez ya alquilaremos un coche con maletero más grande, para no perder oportunidades.




Portmagee


Paramos un rato en la playa de Inch, donde hacía bastante frío y había gente aprendiendo surf, y luego seguimos camino hacia el pueblo de Dingle. Allí comimos una sopa y un sandwich (una cosa cada una porque no teníamos mucha hambre tras el desayuno inmenso que nos daban cada día) en una librería-cafetería llamada en irlandés An café litearta, un sitio muy interesante y muy tranquilo, con poca gente. Mi compañera de viaje me preguntó por la historia de Irlanda y empecé a soltar un discurso desde los tiempos anteriores a las plantaciones para entrar en más detalles en los acontecimientos del siglo XX y principios del XXI. Al acabar me preguntó: "¿Cómo sabes tantas cosas de la historia de Irlanda?" Y le contesté que porque me gusta, porque viví en Irlanda del Norte, donde la gente me contaba cosas, lo cual me hizo interesarme por la historia irlandesa y porque un día, volviendo de vacaciones a España una Semana Santa, cuando todo el mundo compraba novelas de amor o de terror en el aeropuerto de Stansted, yo me compré un tocho (concretamente, este) sobre la historia de Irlanda y lo devoré con más ansias que los lectores de novelas rosas devoran las suyas. Yo siempre fui un poco rara, ¿qué le vamos a hacer si me gustan los libros de historia de Irlanda? Además, el tema 56 de las oposiciones también trataba sobre la historia de Irlanda y nunca me salió, con lo que habría disfrutado contándolo.





Tras dar una vuelta por el pueblo, emprendimos la marcha, pero nos perdimos y acabamos en una mini aldea de tres casas donde hasta el pub estaba cerrado. Las señales no eran muy claras y no sabíamos a dónde ir. Tampoco sabíamos dónde estábamos. Pero en esas que apareció una furgoneta verde de Correos irlandés con un señor que iba recogiendo las cartas de los buzones perdidos en la Irlanda rural y allá que me fui hacia él, mapa en mano, para preguntarle dónde estábamos y cómo teníamos que ir donde queríamos. Me explicó que teníamos que volver por dónde habíamos venido y buscar allí indicaciones para otra carretera. Así que volvimos a Dingle y, al final, conseguimos encontrar el camino. ¿Quién quiere GPS habiendo carteros irlandeses con los que charlar un rato?





Connor Pass



La carretera en Connor Pass era tan estrecha que no dejaban pasar autobuses ni camiones y menos mal que no encontramos a nadie de frente porque si no, a ver cómo hubiéramos pasado. Pero el paisaje era impresionante y nos paramos a hacer fotos antes de entrar en ella. Al salir de Connor Pass estábamos en la costa de nuevo y seguimos camino hasta Tralee, donde pusimos gasolina. Me acordé de la canción, The Rose of Tralee, pero no vimos ninguna rosa. De todas formas, teníamos que ir al condado de Clare, así que, tras perdernos y encontrarnos, seguimos viaje. Llegamos a Tarbert justo cuando llegaba el trasbordador y nos pusimos a la cola de coches para entrar. Veinte minutos y dieciocho euros menos después, llegamos a la otra orilla, tras cruzar el río Shannon. Impresionante el Shannon, parece el mar. Para gente como yo, acostumbrada al hilillo de agua del Vinalopó, el Shannon son diez mares. Si el Vinalopó tuviera la sexta parte del agua del Shannon, aquí haríamos milagros.





Ya estábamos en el Condado de Clare, habíamos recorrido ya tres condados de los 32 que hay en Irlanda: Cork, Kerry y ahora, Clare. Paramos en Kilrush a comprar comida para cenar y a llamar al B&B para avisar de que llegaríamos tarde para que no anularan la reserva. Luego nos dirigimos a Spanish Point, donde los buques de la Armada invencible encallaron. Por eso dicen las leyendas irlandesas que los irlandeses de esas zonas son más morenos de pelo y de piel, de ojos castaños, y se cabrean más rápidamente, porque son descendientes de marineros españoles de la Armada invencible, que se quedaron allí y nadie fue a rescatar. Hacía viento y frío, aunque había un grupo de paquistaníes o hindúes jugando al fútbol en la playa. Nos quedamos en el parking, dentro del coche, preparamos un picnic y contemplamos un mar embravecido como el que se tragó a nuestros compatriotas varios siglos antes.





Liscannor. Vista desde el B&B.



Después continuamos viaje hasta llegar, por fin, a Liscannor. Localizamos el B&B y, estábamos tan cansadas, que ni bajamos a la salita para huéspedes donde el dueño nos había dicho que podíamos ver la tele. Mientras mi compañera de viaje se duchaba, yo preparé un té (había siempre té y café en las habitaciones de los B&B) y me puse a contemplar el paisaje por la ventana: todo verde y unas vacas pastando. Unas casitas nuevas en las que empezaban a encenderse algunas luces y, a lo lejos en el horizonte, los acantilados de Moher y el mar. La calefacción estaba encendida ese día porque hacía un poco de frío. Nos tomamos el té junto a la ventana, charlamos un rato mientras anochecía y luego, yo me puse a escribir las postales que me faltaban mientras A. se quedaba dormida.



CONTINUARÁ...

domingo, 29 de agosto de 2010

Skellig Islands 2 (Cuarta parte, bis).

Oímos a unos catalanes hablando en catalán y mi compañera de viaje se dirigió a ellos en valenciano para que nos hicieran una foto. De broma, le dije: "Me encanta cómo hablas inglés. Impresionante." Después de unas cuantas fotos decidimos empezar a bajar, poco a poco, para no apelotonarnos todos después de vuelta a los barcos. Al subir no se notaba tanto, porque íbamos de cara a la montaña, pero al bajar ya se apreciaba la altura a la que estábamos, con el mar allá abajo, y daba un poco de vértigo, la verdad. Sobre todo, este trozo:




Skellig Michael


Al llegar abajo, hicimos fotos con algunas gaviotas que se acercaban desafiantes, como a disputarnos nuestro derecho a estar en la isla. Y luego ya fuimos a esperar al barco. Estaban todos en el mar y sólo uno en el puerto (sólo cabía uno). Al final, nuestro barquero se cansó de esperar a que se llenara ese barco y se fuera, porque faltaban aún varios turistas después de un rato allí. Así que, ni corto ni perezoso, vino, ató su barco al otro y nos hizo pasar saltando de barco en barco. Repito lo que dije en el post anterior: ¡Menos mal que llevábamos botas de montaña! Y que el barquero joven de la otra embarcación nos ayudó a subir.

Luego dimos una vuelta completa por la isla pequeña y fue impresionante ver la cantidad de aves que estaban allí posadas y sobrevolando el cielo. Cada puntito blanco que se veía, era un ave y había miles, como se puede ver en la siguiente foto (podéis pinchar en ella para ampliarla):


Little Skellig


Poco a poco nos fuimos alejando de las islas, que se empequeñecían en el horizonte hasta desaparecer por completo. Nos dio un poco de pena, pero había que volver a tierra firme. Al llegar, nos recibieron los mismos escalones empinados de otra escalera de hierro similar, trepamos por ellos al puerto y después nos dirigimos a este museo sobre las Skellig que hay en Valentia Island. Había empezado a llover, el tiempo había cambiado bastante, así que antes de entrar nos refugiamos un rato en el coche para comernos los picnics que llevábamos en las mochilas desde por la mañana mientras mirábamos Portmagee y el mar desde otra isla, aunque esta tenga un puente a tierra firme.

Al salir del museo fuimos a la otra punta de la isla para coger el trasbordador, con el coche y todo, y cruzar a la otra orilla. Desde allí fuimos a Rossbeigh para pasear por la playa, aunque la tarde no era muy agradable. A la vuelta, estuvimos mirando varios sitios para cenar en varios pueblos, pero no nos convencieron, así que volvimos a Portmagee y decidimos probar el pub "rival", pero creo que nos equivocamos. Es que sólo hay dos pubs: uno que pertenece a los dueños del B&B donde estábamos alojadas y otro. Como la noche anterior habíamos cenado ya en el restaurante de los dueños del B&B, decidimos explorar. Pero en el otro pub, que era típico irlandés, eso sí, sólo había un grupo de hombres en la barra y otra sala donde estaban cenando una familia francesa y una pareja italiana. Eso ya debería habernos dado la pauta, porque en el otro local se llenaba siempre de gente del pueblo y alrededores, o sea, que tenía buena fama. Pero bueno, al final la cena no estuvo mal, a pesar de todo.

Faltaba todavía ir a pub de siempre para gastar la invitación que teníamos a un café irlandés, así que, allá fuimos y pronto nos dimos cuenta de que el ambiente era mucho mejor: pub más nuevo, mejor decorado, todo más limpio, mucha más gente, aunque tampoco estaba abarrotado porque, a esas horas, ya habían terminado de cenar y se habían ido a sus casas, que era un día entre semana y al día siguiente tendrían que trabajar. Los italianos del pub anterior, por cierto, también se habían venido a este y se habían sentado en la barra. Pedimos los cafés y nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, para ver anochecer sobre Valentia Island, que la teníamos enfrente. El whiskey irlandés desató las lenguas, sobre todo la mía, y acabamos hablando y hablando hasta casi las doce de la noche. No nos queríamos ir, pero al final decidimos subir a la habitación y dormir, que al día siguiente teníamos que conducir un montón de kilómetros y atravesar varios condados antes de llegar a nuestro destino.

CONTINUARÁ...

viernes, 27 de agosto de 2010

Skellig Islands 1 (Cuarta parte de Irlanda 2010)

La mañana del cinco de agosto nos levantamos pronto para ir al puerto, que estaba frente al B&B, y coger un barco que nos llevara a las Islas Skellig. Son dos, son reserva de aves marinas y una de ellas, está declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, debido a su interés histórico (hay un antiguo monasterio de la Edad Media) y paisajístico. Es uno de los lugares más impresionantes donde he estado en mi vida, uno de esos lugares que debería estar en las listas de: "Los diez sitios que hay que ver antes de morir". En el puerto había mucha gente y muchos barcos, cada uno de ellos transporta a doce personas como máximo. Cuando localizamos a nuestro barquero y nos indicó la escalerilla de hierro agarrada a la pared del muelle por donde debíamos bajar hasta el barco... ya me empezó el vértigo. Era muy estrecha y había unos dos metros desde donde estábamos al barco. Menos mal que ese día nos habíamos puesto las botas de montaña porque habíamos visto en internet a dónde íbamos. Luego bajó un chico en chanclas, se le cayó una al mar y hubo que rescatarla antes de irnos, ¡ja, ja!



Cuando por fin estábamos todos, emprendimos la marcha saltando entre las olas y eso que, parece ser que ese día no había muchas, pero pegamos unos buenos saltos, la verdad. Increíblemente, sólo una de mis fotos ha salido un poco movida. Pensé que, al ser una cámara de carrete, no saldría ninguna foto decente. Pero se ve que la apoyé bien en el borde del barco, la sujeté con fuerza para que no se moviera mucho y por eso las fotos han salido muy bien. Poco a poco fuimos viendo en el horizonte la Pequeña Skellig y luego ya, de repente, la grande, Skellig Michael, que nos recibió así:

Skellig Michael.



Era una inmensa roca escarpada de color verde que parecía que se nos fuera a tragar. Y, al mismo tiempo, la sensación era acogedora. Habíamos tardado 45 minutos en llegar y el barquero nos dijo que nos esperaba a la 1.30 pm. Empezamos a subir por una rampa haciendo muchas fotos, nos quedamos las últimas, y, al llegar ya donde empezaba la escalera, había una guía explicando las medidas de seguridad, porque ha habido accidentes en los que se ha matado gente. Claro que, uno de los que hubo el año pasado, fue por salirse de las sendas marcadas, que la gente también es muy inconsciente. Luego nos dijo que leyéramos un cartel que había allí recordando las normas de seguridad (lo típico: no salirse de las sendas, tener cuidado al bajar y al subir, sobre todo, no empujar a nadie, si alguien tenía una enfermedad de corazón o de otro tipo, pero grave, que ni se le ocurriera subir, etc.) y yo me puse a leer y a traducir al español a mi amiga. A la guía le hizo gracia porque todo el mundo pasó del cartel y se fue para arriba mientras que yo me lo tomé muy a conciencia leyendo todo de pe a pa y traduciendo, así que, cuando acabé de hablar en castellano, me dijo en inglés, sonriendo: "Bueno, ya podéis subir", como pensando: "Venga, nenas, que llegáis tarde".

Así que empezamos a subir por la escalera al cielo, pensando que, desde luego, si los monjes querían estar cerca de Dios, no había un sitio mejor. Y qué paciencia construir los seiscientos y pico escalones que hay hasta llegar al monasterio. Hubo que tomárselo con calma, pararse a descansar, a hacer fotos y a observar a las gaviotas, animales hambrientos a la caza del sandwich del turista incauto que se le ocurriera sacarlo allí. Vimos cómo volaban sandwiches por el cielo en los picos de las gaviotas en menos que canta un gallo mientras los turistas les gritaban protestando. ¡Qué habilidad! Era sacar un sandwich de la mochila y en dos segundos ya se lo habían llevado por los aires. Eso no lo ponía en las instrucciones del cartelito, ¡ja, ja! Claro, cincuenta mil aves hambrientas en la isla de al lado, como para perderse la ocasión de saborear unos sandwiches, lo raro es que no nos comieran a las personas también. Así que decidimos guardarnos el almuerzo para mejor momento, porque habíamos desayunado muy bien, no teníamos hambre y tampoco queríamos que, con el meneo del barco, nos sentara mal la comida después.

Por fin llegamos al monasterio y había otra guía explicando cómo vivían los monjes en esas celdas de piedra que me recordaron a los pozos de nieve de mi tierra (ver aquí), es decir, piedra a piedra formando un círculo y, poco a poco, ir haciéndole una bóveda hasta que la última piedra encaja justo en el hueco que queda. En el vídeo que recomiendo más abajo se ve más claramente lo que digo.

Monasterio.


Debía ser una vida bastante dura la de los monjes y no sé cómo se atrevían a subirse en aquellos barcos tan frágiles (si los de hoy son frágiles, imaginad los de la Edad Media) para irse a vivir a estas islas en las que el buen tiempo, ni siquiera está garantizado en verano. Como dijo la guía, hace dos o tres veranos hubo un temporal en el que los barcos no pudieron llegar a las islas durante diez días. Los guías viven allí durante el verano, debe de ser impresionante, sobre todo de noche con luna llena. Nos quedamos pensando dónde hay que echar el CV para solicitar ser guía. Un verano allí sería una experiencia inolvidable.



Más información sobre las Skellig:









CONTINUARÁ...

domingo, 22 de agosto de 2010

Irlanda 2010 (Tercera parte)

Como ya contó mi compañera de viaje en un comentario anterior, este día le tocaba estrenarse conduciendo por la izquierda. Pero mejor leamos sus palabras: "Antes de salir de España estaba muerta de miedo con la historia del coche. Esta tercera noche creo que no dormí pensando que tenía que coger el coche. Y mira que la habitación era acogedora y agradable. A la mañana siguiente, mi primera experiencia "por la izquierda". No me preguntes cómo llegue del B&B, a la salida del pueblo, al aparcamiento del puerto, sin caerme al agua, sin llevarme por delante todos los espejos de los coches aparcados, a todos los irlandeses e incluso a los cisnes de la bahía; hacía frío, pero sudé. A partir de ahí: prueba superada." Doy fe de ello y, era tan buena conductora, que al final condujo casi todo el resto del tiempo.



Ese día fuimos a visitar la Bantry House, una mansión del siglo XVIII. El hombre que nos vendió las entradas era como un mayordomo de película. Nos dio unas hojas plastificadas cogidas con anillas con las explicaciones pertinentes en español, sólo que, como siempre, en traducción muy peculiar del inglés, pero bueno, se entendía bastante bien. Yo es que, por deformación profesional, soy muy maniática con las traducciones. Encima, me da mucha rabia que, en la mayoría de los sitios, haya traducciones hasta del italiano, pero del español no, siendo una lengua tan importante como la nuestra y con tantos millones de hablantes. Me parece una discriminación tremenda.



Bantry House


Al salir fuimos paseando por toda la bahía, contemplando los peces y las medusas, los cisnes, el cementerio al fondo, a la izquierda de la mansión. Nos encontramos en el suelo un cangurito amarillo, de plástico, que acabó siendo nuestra mascota en el coche y que ahora está junto con unas conchas de la Playa de Mannin que A se afanó en recoger, en mi estantería del comedor. Luego seguimos viaje por el Condado de Kerry, por la Península de Iveragh. Paramos en Sneem a tomarnos un capuccino con scones y luego seguimos viaje, haciendo muchas fotos por el camino, hasta llegar a Portmagee tras superar una cuesta enorme en una carretera estrechísima por la que no paraban de bajar coches y no nos dejaban pasar.



En Portmagee, donde el pirata Magee se refugiaba tras sus correrías, teníamos reservadas dos noches, la cena de ese día, que fue de lujo, y más cosas que contaré en el próximo post. Tras la cena cruzamos andando el puente que va hasta Valentia Island mientras caía el sol y yo recordaba el viaje anterior a ese mismo lugar, con Anaví y los niños (ver aquí). Lástima que no nos hayamos podido ver esta vez, that's life. A la vuelta, escribimos algunas postales antes de dormir y nos preparamos para la gran aventura del día siguiente.



CONTINUARÁ...

viernes, 20 de agosto de 2010

Irlanda 2010 (segunda parte)

Al día siguiente, que ya era tres de agosto a todo eso, después de desayunar recogimos lo que nos faltaba, volvimos a hacer las maletas, devolvimos la llave en recepción y nos fuimos a esperar el autobús del aeropuerto, para ir a recoger el coche alquilado. La parada del autobús, por suerte, estaba en nuestra misma calle, a unos metros del albergue. Esperamos un rato hablando con un chico joven americano y luego ya vino el autobús. Al llegar sólo tuvimos que firmar unos papeles y mostrar los carnets de conducir porque ya estaba todo hecho por internet. Así que, allá que nos fuimos a recoger nuestro coche.






Primera sorpresa: el coche apenas tenía maletero y no nos cabían las tres maletas que llevábamos. O metíamos la grande y las dos pequeñas se quedaban detrás de los asientos delanteros o metíamos las pequeñas y la grande se quedaba detrás de los asientos. Yo iba un poco tensa porque no era mi coche, porque había que conducir por la izquierda y hacía tanto tiempo que no había conducido en Irlanda que me costó un poco acostumbrarme. Encima, cuando por fin llegamos a Killarney y encontramos un parking para poder dejar el coche... la llave no salía. No había manera de sacar la llave del contacto, ya la podías poner en la posición que quisieras, que no salía. Y no había instrucciones del coche por ningún lado. Ya me veía llamando a la empresa de alquiler cuando, de repente, me fijé que en el contacto ponía "push", apreté y salió la llave. ¿Por qué no te dirán esas cosas básicas cuando alquilas un coche? La radio nunca supimos cómo pararla, menos mal que al sacar la llave del contacto se apagaba sola.



Comimos fish and chips en un pequeño restaurante, compramos provisiones para la noche en un supermercado, dimos una vuelta por Killarney y nos fuimos al castillo, que está en las afueras. Mi amiga M.Jesús decía que Irlanda tiene "carretera, camino y senda". Pues bien, al atravesar el Parque Nacional de Killarney nos metimos en una senda, aunque ellos lo llamaran carretera nacional, la velocidad máxima fuera 100 (¿¿¿¿Cien???? ¡si en mi pueblo no nos dejarían ir a mas de 20 por una carretera así!) y pasaran autobuses llenos de turistas y todo. Apenas cabíamos dos coches de frente, cuanto menos, un autobús. Una de las veces me quedé atascada en una curva con pendiente, no podíamos salir ni el autobús que venía de frente, ni yo, no sé cómo al final conseguimos pasar. Y la verdad es que me fui poniendo de bastante mal humor, lo siento por mi acompañante, que me tuvo que aguantar. Pero el paisaje era precioso, la carretera, poco a poco se fue haciendo más ancha en algunos tramos y ya no pasaban tantos autobuses. Atravesamos túneles de hojas y ramas de árbol y también otros excavados en la piedra para cruzar montañas, vimos verde por todas partes, el mar llegando ya a la Bahía de Bantry, ovejas y vacas en los campos...



Ya en Bantry, localizamos el B&B donde íbamos a dormir, dejamos el coche y las maletas, y nos fuimos a pasear y a cenar un picnic en la bahía viendo caer el sol. Había mucha gente caminando por allí, solos o con perros, y un señor mayor se acercó para hablar un rato con nosotras con la cortesía y curiosidad que tienen los irlandeses, que hablan hasta con las paredes si se presenta. Estuvimos un rato hablando, le dimos uva, y luego se fue. Al rato, tras contemplar los cisnes y ver todas las medusas que al bajar la marea se habían quedado varadas en la playa, volvimos al B&B, nos preparamos una infusión en una salita muy coqueta y luego nos fuimos a dormir, que ya habíamos tenido bastantes aventuras por ese día.



CONTINUARÁ...

domingo, 15 de agosto de 2010

Irlanda 2010 (Primera parte)

Llegamos a Cork ya casi a las doce de la noche y nos estaba esperando el taxista de la compañía que habíamos contratado por internet. Un irlandés muy alto y con una furgoneta grande, en la que cabíamos toda la familia, como le dije. Y eso que por e-mail yo había especificado que sólo éramos dos y que llevábamos pocas maletas. Nos fue explicando al pasar por algunos edificios lo que eran, en plan guía turístico, y luego, como la calle del albergue era muy estrecha y tenía coches y hasta furgonetas aparcadas a los lados, se tuvo que meter marcha atrás y le costó algunas maniobras. Como se había portado muy bien esperándonos veinte minutos más de retraso que trajo el avión sin cobrarnos nada por ello, le di una propina para que se tomara una Guinness a nuestra salud. Tras pagar y rellenar los papeles correspondientes, el recepcionista nos ayudó con las maletas y nos llevó a la casa donde estaba nuestra habitación, justo en la calle de detrás, más amplia y donde el taxista habría podido parar un momento y descargar las maletas sin tanta maniobra. Como ya era tarde y, para nosotras, una hora más porque nos habíamos levantado en España ese día, nos fuimos a dormir. Nos costó un poco por el ruido y el tráfico de la calle, pero al final caímos rendidas.




Cobh, foto de A. Pérez.


Al día siguiente desayunamos unas tostadas, té y café en el albergue y nos fuimos a explorar un Cork vacío porque allí era fiesta ese día. Luego cogimos un tren para ir a Cobh, fue un trayecto muy agradable mirando por la ventanilla el verde y el río, aunque también había zonas más industriales. Hacía muchos años que no había estado en Cobh, desde que tenía 24, y me apetecía ir. Además, la última vez no estuvimos mucho tiempo. Paseamos por un Cobh de cielo plomizo y nos metimos a comer en un restaurante que yo había visto en internet y que está muy bien: Gilbert's. Empezó a llover mientras comíamos en un lugar donde apenas había ruido, a pesar de que estaba lleno de gente y donde éramos las únicas extranjeras. Era un lugar muy especial y un momento también para relajarnos y disfrutar del sitio y de la compañía.



Al salir había parado de llover, pero la tregua no duró mucho: nos mojamos antes de llegar a la estación. Al llegar a Cork, habían abierto las tiendas, ya que abren incluso los domingos y festivos, y nos dedicamos a hacer algunas compras. Luego fuimos a la universidad, que yo recordaba como muy antigua, pero que está llena de edificios nuevos y muy modernos. A la vuelta, nos perdimos porque el río se divide en dos canales y pensábamos que estábamos en el río y nos estábamos yendo bastante lejos, hasta que miramos el mapa, no nos cuadraba nada, encima muchas de las calles no aparecían, preguntamos a gente... Total, que por fin conseguimos llegar al albergue sobre las siete y pico de la tarde, varias horas después y un poco cansadas.



Había una cocina en la planta baja que nos habían dicho que se podía utilizar, así que nos pusimos a preparar algo para cenar. Mi compañera de viaje metió el pan en la tostadora y, de repente, saltó la alarma de incendios. Y eso que ninguna de las dos habíamos notado humo, pero las alarmas de incendios se disparan por nada, son ultra sensibles. En mi casa de Derry al final le quitamos las pilas porque estaba todo el rato dando por saco, debía de tener algún cable mal y se disparaba con o sin humo. Ella se quedó un poco descolocada, mientras que yo, al haber vivido en ese país, reconocí el sonido, salté de la silla diciendo: "¡Mierda, la alarma de incendios!" y miré al techo para ver dónde estaba (lejos de la tostadora, por cierto) para apagarla. Pero no tenía el botón rojo enmedio como la de mi casa de Derry, aunque se apagó enseguida ella sola, menos mal. Y se ve que no había nadie por allí, porque nadie vino a ver qué había pasado, así que, no dimos mucho la nota.



Tras la cena, nos fuimos a un pub, The Corner House, donde se supone que había música en directo, pero tardaron en actuar y no había mucho ambiente, había muy poca gente. Así que, cuando nos tomamos la sidra, nos fuimos a dormir, que había sido un día lleno de aventuras y nos esperaban más al día siguiente, ya que lo primero que íbamos a hacer es recoger el coche de alquiler que teníamos reservado en el aeropuerto.



CONTINUARÁ...

jueves, 12 de agosto de 2010

Irlanda, de nuevo.

Irlanda, "siempre la misma y siempre diferente", como decía un verso de Ángel González que no hablaba de Irlanda, por supuesto. Algunos lugares, esta es la cuarta vez que los visito. Desde los 21 años hasta ahora, que estoy a punto de cumplir 37. Y, curiosamente, en muchos de esos lugares desde el año 98 hasta ahora he hecho fotos con la misma cámara de carrete de toda la vida. Cuando tenga que acatar la moda tecnológica, jubilarla y comprar una digital, lo sentiré mucho. Además, seguro que ninguna digital será capaz de durar tanto. (Por cierto, como los carretes no estarán revelados hasta el lunes, todas las fotos del blog son de A. Pérez, que me riñe si no pongo fotos en los posts.) Esos lugares, además, son recuerdos de gente que pasó por mi vida y ya no está o está pero en otras ciudades y nos vemos poco, aunque intentemos estar lo más en contacto posible.



Y, aunque no lo parezca, desde el año 95 hasta ahora Irlanda ha cambiado. Hay algunas autopistas, incluso con túneles. La gente ya no conduce por los arcenes, como antes, como si fueran otro carril más, aunque siguen teniendo un caótico modo de conducir que, a los irlandeses del norte, les hace decir que "si conduces en la república, puedes conducir en cualquier lado". Las empresas de alquiler de coches han inundado la isla de automóviles y hay muchos tours en autocares que pasan por carreteras muy estrechas, creando un gran peligro para todo el mundo. Sin embargo, creo que la mayoría de turistas son americanos, después alemanes y franceses y los españoles nos quedamos en minoría. Sólo hemos oído hablar en español masivamente en los acantilados de Moher, en la Abadía de Kylemore y el Parque Nacional de Connemara. El resto parece estar poco explorado por nuestros compatriotas.



Lo bueno es que Irlanda sigue teniendo unos paisajes impresionantes donde perderte de la civilización deseando no volver más y una gente encantadora que habla hasta con las paredes. Eso es lo que siempre me enamoró de Irlanda. Por eso vuelvo de vez en cuando.

domingo, 8 de agosto de 2010

Fina la besona.

Hoy hace dos meses que murió Fina la besona. ("Besona" en valenciano significa "gemela", porque tenía una hermana gemela.) Supongo que la llamarían así para distinguirla de todas las Finas de la calle, entre ellas, mi abuela. Además, pertenecía a una generación en la que todo el mundo tenía apodos (nicks se dice hoy más modernamente, como abreviatura de "nickname", que es "apodo" en inglés, en los blogs también tenemos todos o casi todos apodo), ella, mis bisabuelos y muchos vecinos más. El más curioso de todos, el de "el tío Pere per ara i després vorem". Según contaban mis bisabuelos, cuando nació el pobre hombre, su padre había muerto, su madre murió en el parto y, al preguntarle al abuelo cómo le ponían, en el agobio del momento contestó: "Poseu-li Pere per ara i després vorem." (Que traducido del valenciano, significa: "Ponedle Pedro por ahora y después veremos.") Y así se quedó toda la vida.



Para mí, Fina la besona y su hermana Pascuala, desde que las conocí a los 8 años, cuando me mudé a este lugar donde mi bisabuelo compró el terreno por 250 pesetas en 1936 y se hizo una casa, siempre eran unas señoras mayores que vivían enfrente. Unas señoras muy activas. Voluntarias de la Asociación española contra el cáncer durante muchos años colaboraron en el hospital y también recaudando dinero en los días en que salían a pedir con huchas y se iban por todo el barrio y casi toda la ciudad. No iban ellas solas, reclutaban a un grupo de mujeres y niños para ayudarles a poner pegatinas en las solapas de los ilicitanos e ilicitanas y siempre batían el récord de recaudación. Paradojas de la vida, Fina la besona ha muerto de un cáncer.

Me da pena que muera la gente mayor porque parece que, poco a poco, vamos perdiendo el pasado, la gente que conoció a mis abuelos y bisabuelos, y la calle cada vez se va haciendo más impersonal, como en cualquier ciudad moderna. Ya no nos conocemos todos, ya no sabemos quién es quién. Ya no salimos por las tardes en verano a la puerta con las sillas y las mesas a cenar, a coser, a pararnos en la calle a hablar con los vecinos, a ver pasar la vida. Las puertas de las casas ya no están abiertas, como antaño, porque es un peligro. Ya no hay esa confianza de que todo el mundo es bueno y no te va a robar ni a hacer nada. Hemos perdido la inocencia. Y, cada vez que muere una persona de cierta edad, perdemos un poco ese mundo otra vez.