Paramos un rato en la playa de Inch, donde hacía bastante frío y había gente aprendiendo surf, y luego seguimos camino hacia el pueblo de Dingle. Allí comimos una sopa y un sandwich (una cosa cada una porque no teníamos mucha hambre tras el desayuno inmenso que nos daban cada día) en una librería-cafetería llamada en irlandés An café litearta, un sitio muy interesante y muy tranquilo, con poca gente. Mi compañera de viaje me preguntó por la historia de Irlanda y empecé a soltar un discurso desde los tiempos anteriores a las plantaciones para entrar en más detalles en los acontecimientos del siglo XX y principios del XXI. Al acabar me preguntó: "¿Cómo sabes tantas cosas de la historia de Irlanda?" Y le contesté que porque me gusta, porque viví en Irlanda del Norte, donde la gente me contaba cosas, lo cual me hizo interesarme por la historia irlandesa y porque un día, volviendo de vacaciones a España una Semana Santa, cuando todo el mundo compraba novelas de amor o de terror en el aeropuerto de Stansted, yo me compré un tocho (concretamente, este) sobre la historia de Irlanda y lo devoré con más ansias que los lectores de novelas rosas devoran las suyas. Yo siempre fui un poco rara, ¿qué le vamos a hacer si me gustan los libros de historia de Irlanda? Además, el tema 56 de las oposiciones también trataba sobre la historia de Irlanda y nunca me salió, con lo que habría disfrutado contándolo.
Tras dar una vuelta por el pueblo, emprendimos la marcha, pero nos perdimos y acabamos en una mini aldea de tres casas donde hasta el pub estaba cerrado. Las señales no eran muy claras y no sabíamos a dónde ir. Tampoco sabíamos dónde estábamos. Pero en esas que apareció una furgoneta verde de Correos irlandés con un señor que iba recogiendo las cartas de los buzones perdidos en la Irlanda rural y allá que me fui hacia él, mapa en mano, para preguntarle dónde estábamos y cómo teníamos que ir donde queríamos. Me explicó que teníamos que volver por dónde habíamos venido y buscar allí indicaciones para otra carretera. Así que volvimos a Dingle y, al final, conseguimos encontrar el camino. ¿Quién quiere GPS habiendo carteros irlandeses con los que charlar un rato?
La carretera en Connor Pass era tan estrecha que no dejaban pasar autobuses ni camiones y menos mal que no encontramos a nadie de frente porque si no, a ver cómo hubiéramos pasado. Pero el paisaje era impresionante y nos paramos a hacer fotos antes de entrar en ella. Al salir de Connor Pass estábamos en la costa de nuevo y seguimos camino hasta Tralee, donde pusimos gasolina. Me acordé de la canción, The Rose of Tralee, pero no vimos ninguna rosa. De todas formas, teníamos que ir al condado de Clare, así que, tras perdernos y encontrarnos, seguimos viaje. Llegamos a Tarbert justo cuando llegaba el trasbordador y nos pusimos a la cola de coches para entrar. Veinte minutos y dieciocho euros menos después, llegamos a la otra orilla, tras cruzar el río Shannon. Impresionante el Shannon, parece el mar. Para gente como yo, acostumbrada al hilillo de agua del Vinalopó, el Shannon son diez mares. Si el Vinalopó tuviera la sexta parte del agua del Shannon, aquí haríamos milagros.
Ya estábamos en el Condado de Clare, habíamos recorrido ya tres condados de los 32 que hay en Irlanda: Cork, Kerry y ahora, Clare. Paramos en Kilrush a comprar comida para cenar y a llamar al B&B para avisar de que llegaríamos tarde para que no anularan la reserva. Luego nos dirigimos a Spanish Point, donde los buques de la Armada invencible encallaron. Por eso dicen las leyendas irlandesas que los irlandeses de esas zonas son más morenos de pelo y de piel, de ojos castaños, y se cabrean más rápidamente, porque son descendientes de marineros españoles de la Armada invencible, que se quedaron allí y nadie fue a rescatar. Hacía viento y frío, aunque había un grupo de paquistaníes o hindúes jugando al fútbol en la playa. Nos quedamos en el parking, dentro del coche, preparamos un picnic y contemplamos un mar embravecido como el que se tragó a nuestros compatriotas varios siglos antes.
Después continuamos viaje hasta llegar, por fin, a Liscannor. Localizamos el B&B y, estábamos tan cansadas, que ni bajamos a la salita para huéspedes donde el dueño nos había dicho que podíamos ver la tele. Mientras mi compañera de viaje se duchaba, yo preparé un té (había siempre té y café en las habitaciones de los B&B) y me puse a contemplar el paisaje por la ventana: todo verde y unas vacas pastando. Unas casitas nuevas en las que empezaban a encenderse algunas luces y, a lo lejos en el horizonte, los acantilados de Moher y el mar. La calefacción estaba encendida ese día porque hacía un poco de frío. Nos tomamos el té junto a la ventana, charlamos un rato mientras anochecía y luego, yo me puse a escribir las postales que me faltaban mientras A. se quedaba dormida.
CONTINUARÁ...
12 comentarios:
Creo que no dejé ningún arcen donde contemplar el paisaje, me faltaban ojos.
En Connor Pass, hacia un frió impresionante, aún así subimos por una colina, para ver más, para verlo todo.
Después de alguna que otra vuelta, llegamos al B&B de Liscanor.
Cuando el propietario nos enseñó la habitación creí estar en algún serial de Barbie.
En cuanto nos quedamos solas empezamos a encerrar todos los cojines rosa, además con plumas, en los armarios, no fuese que por la noche llegaran a tomar vida. No pudimos hacer nada con las cortinas y adornos de la lámpara. Pero el sitio era maravilloso y acogedor.
Por la inmensa ventana estaba toda Irlanda y estuvimos largo rato mirando, junto al radiador, los prados, las vacas, … y al fondo nuestro objetivo del dia siguiente LOS ACANTILADOS DE MOHER
COMPAÑERA DE VIAJE: Yo creo que pensó que, como éramos dos chicas, nos daba la habitación rosa, ¡ja, ja! Lo curioso es que el baño era de un azul marino eléctrico que tiraba de espaldas. ¡No pegaba ni con cola!
Y luego vimos las estrellas por la ventana, ¿te acuerdas? Cuando nos despertamos a media noche.
Preciosoo... y tanto verdee...!!
Ya sabéis, para la próxima os guardáis espacio para los del autostop :P
Un beeso
¡Vaya periplo! pero bueno, voy viendo la preciosa Eire. También es mala pata que en las oposiciones no te preguntaran por la historia de Irlanda. Hubieses sacado sobresaliente cum laude, seguro. Besotes, M.
Fantásticos relatos de Irlanda. Me quedo con el de Skellig y el pedazo vídeo, lástima que no se pueda incrustar en el blog.
En unos meses volveré de nuevo a Irlanda (Dublín-Cork-Galway-...), que aunque ya las conozco, no me canso de visitarlas.
Besos!
CRISTINA: Sí, la próxima vez habrá que hacer eso. :-)
MERCHE: Bueno, con haber aprobado ya me conformo. Total, para lo que me ha servido... para que me manden a trabajar lejos de casa y me tenga que gastar un pastón en gasolina.
LUIS: Gracias. Sí, el vídeo ese está muy bien, deberían dejar colgarlo. Yo tampoco me canso de viajar a Irlanda, aunque creo que tardaré un poco más que tú en volver.
Es un sitio de ensueño Ana.
Pero...
QUÉ PALIZA!
Con lo que me gusta a mí la tranquilidad...
Bendito cartero, que si no aún estaríais por allí dando vueltas.
jaja
Besos
MONTSE: 1557 kms en nueve días (más los que hicimos en tren para ir a Cobh y andando por Cork el primer día) creo que sí, son una paliza. Pero es que, si no, no íbamos a poder ver la parte más bonita de Irlanda. (O una de las más bonitas.)
Sí, el cartero fue nuestro salvador, ¡ja, ja!
con habitacion rosa y todo.... este dia si que parece idilico...
que envidia me dais... y yo sufriendo andando el año pasado! que mal me lo monto en vacaciones...
Sí, ya te la enseñaré... Bueno, cada una lo vive de una manera, también lo tuyo sería una experiencia más espiritual, no sé.
Qué paisajes tan melancólicos.
UMMA: Por eso los irlandeses son tan melancólicos. :-)
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