Escribiría en el blog acerca de muchas cosas, pero luego me entra la pereza y no lo hago. Por ejemplo, podría escribir sobre los dos viajes de finales de 2009 que no he contado, de hecho, empecé una entrada que nunca publiqué sobre uno de ellos. Ayer, cuando venía del supermercado, pensé que podría escribir sobre la campaña publicitaria que salió hace unos meses, esa en la que una mujer decía: "Ningún hombre en mi vida será más que yo" y un hombre decía: "Ninguna mujer en mi vida será menos que yo". Pero, no sé, yo siempre he considerado que todos los hombres de mi vida y fuera de ella eran iguales que yo, nunca me he sentido distinta, ni mejor ni peor, e incluso he hecho cosas que hace cuarenta o cincuenta años estaban prohibidas o mal vistas en mujeres y aún lo están para nosotras en muchos países del mundo, como llevar pantalones y zapatos deportivos, conducir, hacer senderismo, pensar y opinar, estudiar una carrera, trabajar, leer un montón de libros, escribir, viajar sola y un largo etcétera de mis actividades cotidianas. Y, para más inri, no sé cocinar, ni coser, ni bordar, ni vestirme de mujer, porque odio las faldas, los vestidos, las medias y los zapatos de tacón y todo ello está desterrado de mi vida para siempre, ni maquillarme, ni pintarme (el maquillaje y los pintalabios también están desterrados, me lo gasto en libros y lo disfruto más), ni un largo etcétera de actividades eternamente consideradas "femeninas" y que se supone que todas las mujeres sabemos, casi de nacimiento.
Podría hablar también de las cenas con amigos, de la cubertería que me regaló mi abuelo antes de morir (él creía que las mujeres debemos coleccionar un ajuar para cuando nos casemos, aunque no nos casemos nunca), de sus copas del mueble del comedor, que debo de haber utilizado yo más en los últimos nueve meses que él en veinte años, de lo orgulloso que estaría si me viera vivir en su casa porque, como decía Pablo Neruda:
"No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa."
Sólo que yo decidí vivir en la casa de la ausencia e intentar hacer lo que decía Pablo Neruda también en el mismo poema:
"Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez."
Y, ¿por qué no escribir también sobre la amistad? Y contar que me gusta que traigas vino o un pastel, roscón de Reyes o lo que sea, cuando vienes a cenar. Que me gusta que te quedes a ayudarme a fregar y a recoger todo, que me des un abrazo de despedida y me riñas cuando tardo en escribir en el blog.
Sin embargo, al leer el blog de Montse anoche, pensé que debería hablar sobre Haití, pero no sé si hay palabras para describir tanto desastre.