A mi hermana le ha tocado ser presidenta de una mesa electoral, así que esta mañana mi sobrino y yo nos hemos ido a verla. No estaba muy lejos del chalet, así que hemos ido andando. He tenido que acompasar mi manera de andar rápida a los pasos de un niño de cuatro años. A mitad de camino se para, mira para atrás y le pregunto: "¿Estás cansado? ¿No quieres seguir?" Me contesta: "Estamos muy lejos de casa." Son cinco minutos andando, pero para él es una aventura.
Llegamos, saludamos a mi hermana, le enseño que es un colegio como el suyo, con canastas de baloncesto en el patio (en su cumpleaños le regalé una canasta que atamos a un árbol, y he comprado también dos pelotas, para recordar viejos tiempos, cuando yo jugaba al baloncesto), le enseño las papeletas y las urnas, incluso las cortinas para esconderte y que nadie se entere de lo que votas. Viene la vecina con sus dos hijos, la saludamos, hablamos un rato, mi sobrino calla, tímido.
Volvemos a casa. Se hace el remolón diciendo que está cansado, le contesto que bueno, que lo llevo en brazos, pero sólo un trozo que no tiene acera. Cuando lleguemos a la acera, tiene que ir andando porque si no, me canso yo. Así lo hacemos.