Llevo gafas desde los 17 años, lo cual me ha obligado a ver la vida tras un cristal. Por eso esta historia muestra mi visión particular de las cosas, siempre a través de un cristal: el de la ventana de una habitación, el de la ventanilla del autobús, el coche o el tren, pero siempre, tras el cristal.
Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así: Perleta. Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así porque este verano no lo paso en la casa de campo que mi familia tienen en Perleta, de donde procede la anterior descripción. Estoy en la habitación 113 de Allen Hall, una residencia universitaria de Mánchester. Tras la ventana se vislumbra, a través del enmarañado ramaje de los árboles del jardín, un trozo gris oscuro pintado de rayas blancas. Es Wilmslow Road. Pasan muchos coches y autobuses de dos pisos a esta hora y estudiantes en bici con el walkman puesto y, de vez en cuando, algún peatón. Casi siempre, estudiantes, ya que esta es la zona de las residencias universitarias, o mujeres que van a comprar al supermercado de aquí cerca. Mujeres paquistaníes o hindúes, no lo sé, sólo sé que van vestidas como he visto en las películas que se visten las mujeres hindúes, con saris (creo que se llaman así) muy brillantes. Pasan junto a la reja de Allen Hall y el buzón de color rojo al que echo las cartas para mi familia y amigos. Es fantástico poner mi nombre en el remite con una dirección distinta a la habitual, una dirección propia, y escribir bajo el sello naranja de primera clase la dirección de mi casa. Me siento independiente.
La lluvia emborrona los polvorientos cristales de mi habitación, cae la noche sobre Mánchester y cada vez tengo menos luz para seguir escribiendo. Elche queda tan lejos que a veces pienso que no existe y que todo mi pasado ha sido un sueño. Que nunca he sido representante de alumnos en la Junta de facultad, ni me ha quedado una asignatura pendiente para septiembre, ni han existido mis pequeños problemas sentimentales. Que siempre he vivido aquí, en esta habitación de paredes desconchadas, que todas las mañanas de mi vida me he vestido con falda, chaqueta y zapatos de tacón para ir a trabajar y que nací hablando inglés perfectamente.
Esta mañana, cuando iba a trabajar en el minibús que me lleva cada día a Middleton, he llegado a la conclusión de que me gusta este país y no quisiera irme nunca. Está lloviendo, y las gotas de lluvia resbalan por las hojas y el tronco de cada árbol de los que montan guardia a la puerta de Allen Hall. Se estarán mojando las ardillas y esos pájaros negros y gordos que nunca había visto en Elche, los cuervos que habitan en el jardín. Todo sigue igual que ayer, igual que mañana. Porque aquí hay una armonía extraña y monótona que no encuentro en las palmeras de mi tierra natal. Me paso la vida huyendo para acabar descubriendo cuánto echo de menos todo lo que es mío y me pertenece. Que si huyo de Elche es para descubrir cuánto la quiero cuando estoy en un paisaje extraño. Así me reconcilio conmigo misma y con mi ciudad para volver renovada.
(Escrito en Mánchester en el verano de 1994 cuando hice prácticas de trabajo en un banco para mejorar mi inglés.)
Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así: Perleta. Si hoy tuviera que empezar una novela, no la empezaría así porque este verano no lo paso en la casa de campo que mi familia tienen en Perleta, de donde procede la anterior descripción. Estoy en la habitación 113 de Allen Hall, una residencia universitaria de Mánchester. Tras la ventana se vislumbra, a través del enmarañado ramaje de los árboles del jardín, un trozo gris oscuro pintado de rayas blancas. Es Wilmslow Road. Pasan muchos coches y autobuses de dos pisos a esta hora y estudiantes en bici con el walkman puesto y, de vez en cuando, algún peatón. Casi siempre, estudiantes, ya que esta es la zona de las residencias universitarias, o mujeres que van a comprar al supermercado de aquí cerca. Mujeres paquistaníes o hindúes, no lo sé, sólo sé que van vestidas como he visto en las películas que se visten las mujeres hindúes, con saris (creo que se llaman así) muy brillantes. Pasan junto a la reja de Allen Hall y el buzón de color rojo al que echo las cartas para mi familia y amigos. Es fantástico poner mi nombre en el remite con una dirección distinta a la habitual, una dirección propia, y escribir bajo el sello naranja de primera clase la dirección de mi casa. Me siento independiente.
La lluvia emborrona los polvorientos cristales de mi habitación, cae la noche sobre Mánchester y cada vez tengo menos luz para seguir escribiendo. Elche queda tan lejos que a veces pienso que no existe y que todo mi pasado ha sido un sueño. Que nunca he sido representante de alumnos en la Junta de facultad, ni me ha quedado una asignatura pendiente para septiembre, ni han existido mis pequeños problemas sentimentales. Que siempre he vivido aquí, en esta habitación de paredes desconchadas, que todas las mañanas de mi vida me he vestido con falda, chaqueta y zapatos de tacón para ir a trabajar y que nací hablando inglés perfectamente.
Esta mañana, cuando iba a trabajar en el minibús que me lleva cada día a Middleton, he llegado a la conclusión de que me gusta este país y no quisiera irme nunca. Está lloviendo, y las gotas de lluvia resbalan por las hojas y el tronco de cada árbol de los que montan guardia a la puerta de Allen Hall. Se estarán mojando las ardillas y esos pájaros negros y gordos que nunca había visto en Elche, los cuervos que habitan en el jardín. Todo sigue igual que ayer, igual que mañana. Porque aquí hay una armonía extraña y monótona que no encuentro en las palmeras de mi tierra natal. Me paso la vida huyendo para acabar descubriendo cuánto echo de menos todo lo que es mío y me pertenece. Que si huyo de Elche es para descubrir cuánto la quiero cuando estoy en un paisaje extraño. Así me reconcilio conmigo misma y con mi ciudad para volver renovada.
(Escrito en Mánchester en el verano de 1994 cuando hice prácticas de trabajo en un banco para mejorar mi inglés.)
9 comentarios:
Lo extraordinario es que a veces viajamos a mucha distancia, para descubrir que "nuestro sitio", puede estar en tantas partes como nuestra mirada.
Al menos eso es lo que me ocurrió a mí.
Un beso
Hola amelche.
Vengo a invitarte a un juego, que se le ha ocurrido a Ponto.
Una variación de uno en el que participamos.
Te adelanto, que es la propuesta de un relato, pero con ciertos ingredientes.
Si te das una vueltita por Avalon, te enterás, exactamente, de que se trata.
un beso
Pues sí, a veces hay que salir fuera para apreciar lo que se tiene dentro.
Me tienes intrigada, voy a ver de qué va ese juego.
Un abrazo:
Ana
Yo también experimenté hasta hace poco ese sentimiento, ese doble afecto de los lugares, ese ir y venir de uni sitio a otro, adherido a trabajos y afectos, hasta que la muerte deblos que amé hicieron que la geografía de mis principios quedase como un recuerdo inmarcesible con el que animar la pluma. ¡Un saludo, buena luna y carpe noctem!. S.
Gracias por el comentario. Es verdad, comienza la luna nueva este fin de semana. ¡A ver qué nos trae! Un abrazo:
Ana
Parece que mucho frío, no?
Un beso a ambos
Sí, está nevando en una buena parte de España. Y de Europa, en centroeuropa aún es peor. En Elche no nieva (sería bonito ver la nieve y las palmeras), pero lleva dos días lloviendo, lo cual no es habitual, y hace mucho frío.
Hola Amelche,
no sé cómo he caido en tu artículo "Tras el cristal", escrito durante tu estancia en Manchester el verano de 1994.
En un principio me llamó la atención que alguien escribiera sobre la residencia de estudiantes de Allen Hall, en la cual pasé más de seis años.
Después me llamó la atención que la persona que escribía el artículo hubiera estado en la "habitación 113", habitación ésta en la que dormí y estudié durante un año y que tantas alegrías me trajo.
Y por último, me sorprendió que estuvieses en Allen Hall en el 94, año en el que terminé la carrera y mi mandato como Presidente del JCR de la residencia.
Como puedes ver, la vida es un sinfín de coincidencias, las cuales no tienen por qué ocurrir a través de un cristal.
José María: ¡Qué cosas! Y fíjate, que este escrito lo tenía en un cajón y decidí publicarlo en el blog el año pasado, si no, jamás habríamos sabido que estuvimos en la misma residencia.
Y, curiosamente, por otro artículo que publiqué sobre la calle donde vivía cuando estuve en Londonderry, me encontraron dos personas que el curso pasado fueron auxiliares de conversación en Irlanda del Norte, como yo lo fui, y que vivieron en mi antigua casa.
En fin, si quieres contarme algo más: amelche@gmail.com
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