Nadar boca arriba mirando el techo de la piscina cubierta, pensando que faltan dos semanas para la operación, que no sé cuándo volveré a nadar, que hay que aprovechar cada instante.
Bajar desde la octava planta del hospital hasta el quirófano en una cama mirando al techo por los pasillos y el ascensor, hasta que llegas a una puerta en la que tu familia se queda fuera. Te arrinconan junto a un hombre mayor y viene una voluntaria a darte ánimos y decirte que ya verás cómo todo sale bien. Luego los médicos van viniendo y mirando una carpeta a tus pies, hasta que un celador trae una camilla y te pasa de la cama a la camilla, te mete en quirófano, pasas de la camilla a la mesa de operaciones, mirando el techo, pensando: "¿Tengo que ver todo esto? ¿Por qué no me habrán anestesiado ya?" Sacan unas maderas y te atan los brazos como si te crucificaran y te llenan de tubos y cables por todas partes. Un trasiego de gente vestida de verde y azul que va entrando y saliendo. Las luces de quirófano, de esas redondas como en las películas. ¿Me está pasando esto a mí o lo estoy soñando? El anestesista te dice: "Ahora notarás como que te estás mareando, hasta que te duermas." Y le contestas: "Pues, de momento, no noto nada." Y a los dos segundos, mareo y ya no recuerdas más.
Oyes voces y sabes que estás de vuelta, pero aún no puedes enfocar bien las caras. Sabes que te llevan otra vez por los mismos techos con falta de pintar, que ahora ya no distingues aún. Piensas que por qué te llevan si todavía no te has despertado del todo. Y, al final, en la habitación otra vez, donde vas a pasar cinco días. Menos mal que, por la ventana, se ve una buena parte del palmeral y el instituto donde estudiaste. Y en la ventana del pasillo de la planta, por las noches, destellea el faro de Santa Pola.
Bajar desde la octava planta del hospital hasta el quirófano en una cama mirando al techo por los pasillos y el ascensor, hasta que llegas a una puerta en la que tu familia se queda fuera. Te arrinconan junto a un hombre mayor y viene una voluntaria a darte ánimos y decirte que ya verás cómo todo sale bien. Luego los médicos van viniendo y mirando una carpeta a tus pies, hasta que un celador trae una camilla y te pasa de la cama a la camilla, te mete en quirófano, pasas de la camilla a la mesa de operaciones, mirando el techo, pensando: "¿Tengo que ver todo esto? ¿Por qué no me habrán anestesiado ya?" Sacan unas maderas y te atan los brazos como si te crucificaran y te llenan de tubos y cables por todas partes. Un trasiego de gente vestida de verde y azul que va entrando y saliendo. Las luces de quirófano, de esas redondas como en las películas. ¿Me está pasando esto a mí o lo estoy soñando? El anestesista te dice: "Ahora notarás como que te estás mareando, hasta que te duermas." Y le contestas: "Pues, de momento, no noto nada." Y a los dos segundos, mareo y ya no recuerdas más.
Oyes voces y sabes que estás de vuelta, pero aún no puedes enfocar bien las caras. Sabes que te llevan otra vez por los mismos techos con falta de pintar, que ahora ya no distingues aún. Piensas que por qué te llevan si todavía no te has despertado del todo. Y, al final, en la habitación otra vez, donde vas a pasar cinco días. Menos mal que, por la ventana, se ve una buena parte del palmeral y el instituto donde estudiaste. Y en la ventana del pasillo de la planta, por las noches, destellea el faro de Santa Pola.