viernes, 9 de noviembre de 2012

Entre usted en el aula.

 Gracias a Isabel por mandarme un e-mail con este enlace que lleva a este texto tan real como la vida misma y a la persona que lo escribió por resumirlo tan bien:

"Mi trabajo no depende de una silla, ni de un ordenador, ni de un jefe autoritario, ni siquiera, muchas veces, de mí misma. En mi trabajo, la puntualidad, las ganas, la preparación o la responsabilidad no son garantía de éxito. Más de 1.000 veces he llegado con 10.000 actividades previstas, de libro, de interacción, de pizarra digital, de audiovisuales, de ficha y de cuadernillo y, de pronto, aunque todo apuntara a que iba a ser una clase maravillosa, la cosa acaba en un sinsabor descafeinado o en un completo desastre. Es el alto precio de educar en los tiempos que corren. Es la dificultad que entraña un trabajo que depende de otras personas. Y, sobre todo, de que estas personas sean treinta adolescentes, metidos en un aula, con edades comprendidas entre los 12 y los 18 años.

En mi trabajo, los cambios de humor son una constante. Tan pronto sonríes por el pasillo al encontrarte un compañero como tu semblante se torna serio y dictatorial nada más cruzar el umbral del aula que te toque. Vamos, de ángel a sargentona en un santiamén. Todo un ejercicio de camuflaje. Y más te vale tenerlo ensayado, o beberte tres actimels, o dos beroccas, cinco supradyns o siete redoxon complex porque, en mi trabajo, los días flojos, o tristes, o apagados no se permiten. De hecho, se pagan muy caro.

En mi trabajo, te pasas el día expuesto, hablando en alto, mirando con un ojo lo que escribes en la pizarra y con el otro lo que hace Ayoze, o Alfonso o Gerardo, que están fabricando un avión de papel, que escriben sobre la mesa o que se burlan de la negrita nueva en clase. Y luego explicas y preguntas y ninguno respeta el turno de palabra, pero bueno, te dices, al menos participan. Explicas treinta veces lo mismo, porque no te atienden, corriges los ejercicios, calmas los ánimos de dos que se pelean por un estuche, le regalas una sonrisa a Laura, la introvertida, e incluso, pese al caos, propones actividades dinámicas: un taller de crêpes, una salida al Teide, una obra de teatro... Y vuelves a mandar a callar, levanta la mano, saca el cuaderno, no tires las cosas al suelo, escribe la fecha, copia el esquema...¡uf! Si eres profesor, te sentirás ahora mismo identificado.

Me decía el otro día la compañera de Biología: esto se está convirtiendo en un 10% educar y un 90% en cuidar niños. Y no le faltaba razón.

En mi trabajo ya hay tres profesores de baja por ser incapaces de dominar un 1º de la ESO. Son alumnos de 12 años, que se esconden antes de que llegue la profesora para asustarle, que le tiran balones a la cabeza, que le ponen la zancadilla para que se caiga redonda encima de todas las mesas... Me pregunto si esto ocurre en otro tipo de trabajos. Y todo por ser demasiado permisivo, ¿demasiado amable? Ya se lo decía antes: con los niños que tenemos, cualquier signo de debilidad se paga muy caro. Me pregunto también, con cierta tristeza, con qué autoestima y seguridad se enfrenta uno de estos compañeros de nuevo a una clase entera. Lo pienso y da miedo.

Y, sin embargo, me gusta. Me gusta esta profesión, porque, a pesar de lo vacíos (de cariño, de conocimientos, de madurez, de familia...) que están los alumnos, picando y picando todo el año, uno consigue hacer un hoyo en su cerebro, entrar por esa rendija, imprimirles el mensaje de que sabiendo serán más libres, de que no todo tiene utilidad práctica, pero sí mental y, más aún, de que hay que ser honestos y solidarios y comprometidos y, ligeramente, ambiciosos y valientes y decididos. Esto último, no nos lo dice nadie. Pero lo hacemos.

Por eso me dan rabia estos recortes. No por el dinero que restan a un sueldo, que tan poco es el que, por ley, nos corresponde, sino por el empeoramiento en la calidad de nuestra educación pública. La ecuación es sencilla: incremento de alumnos en el aula + supresión de la gratuidad de los libros de texto + incremento del horario lectivo del profesorado: alumnos ignorantes y profesores desquiciados. ¿Qué resquemor hay hacia el gremio de los enseñantes? ¿cuál es el problema? ¿Que tenemos muchas vacaciones? Póngannos el mes de julio, y todos tan contentos. Pero no nos digan que no trabajamos. No, señor. Y si usted lo duda, le invito yo misma a que acuda a mi centro, a que vea la cantidad de proyectos educativos promovidos, pese a todo, por el profesorado, a que se quede a las tardes de formación, a que rellene a mi lado los informes de competencias básicas de mis 160 alumnos, la memoria del departamento, el inventario, las programaciones de aula, las pruebas de septiembre o que asista a mis once sesiones de evaluación.

Y ya que estamos, le preparo un té de descanso en mi casa, antes de comenzar a organizar las clases de la semana, de corregir los trabajos y los exámenes o de organizar las actividades para los alumnos con necesidades especiales. Y, por supuesto, si aún le quedan dudas, amigo, no lo piense más. Tengo la solución para su incertidumbre: entre usted en el aula. Y luego, ya me cuenta."

19 comentarios:

Juliiiii dijo...

Quien se empeñe en ver que trabajas 6 horas al día, que tienes 2 meses (o 3, 4 y hasta 5 he llegado a leer), que tienes un "sueldazo" superior en un 30% a la media, y encima se le una el hecho de que seamos funcionarios, no quiere ver la realidad. Y parte de esa realidad la explica este texto que acabas de eseñarnos. Apenas existe descanso en nuestra profesión, casi todo lo vinculamos a un próximo y futurible aprovechamiento en el aula e incluso muchas veces en vacaciones estamos preparando material.

Que sí, que luego hay mucho jeta y mucho vago y mucho "avocacional" que se ríe en la cara de los que trabajamos, pero eso no es cuestión de una ley, sino de un servicio de inspección que está al servicio de lo accesorio, no de lo fundamental.

Muchas gracias por haber compartido este texto tan bonito.

Rosa Sánchez dijo...

Querida Ana:
Fui alumna ya hace algunos años y la situación descrita por esta señora ya se daba entonces. Imagino que será porque el mal tiende siempre a agravarse... no sé.
Pienso que ser profesor/a hoy en día es una profesión "de riesgo", pues los alumnos parecen tener más derechos que deberes y absténganse de llamarles la atención en caso de que cometan algún acto inadecuado; de mucho esfuerzo que tal vez no se vea muy reconocido o recompensado por según quiénes; y, a diferencia de lo que pasaba antaño, la desconsideración hacia la figura del profesor se da con más frecuencia que el respeto... ojalá me esté equivocando, pues mi opinión está sujeta a mi experiencia personal... espero que la situación no se haya degradado mucho más respecto a la relación profesor-alumno se refiere.
Lo de los recortes... parece que ya viene de lejos, sólo hay que atender al dicho: "pasa más hambre que un maestro de escuela"...
Sin embargo, si sirve de consuelo, hay otro dicho que también viene al pelo: la recompensa de una buena acción está en haberla hecho.
Un abrazo.

Amig@mi@ dijo...

Me da una pena... Tengo un amigo profesor de instituto y me cuenta verdaderas barbaridades.
Algún día tocaremos fondo, o al menos eso espero.
Besos

Yolanda dijo...

Cuánta verdad hay en estas líneas... Y sólo es parte de la realidad, porque la total resulta inabarcable. Cada vez hay más alumnos con más problemas de todo tipo a los que no podemos dar el tratamiento adecuado. Rara es la semana que no recibo a una madre que me cuenta entre lágrimas su situación. Y yo, ¿qué puedo hacer? Apenas nada. Escuchar y poco más porque los recursos están vergonzosamente disminuidos. Y eso, en Primaria, que no quiero ni pensar en lo que ocurre en los IES... ¿Los responsables? Supongo que muchos, empezando por muchos padres que no saben, no pueden o no quieren educar a sus criaturas. El otro día una colega escuchó cómo una madre decía a su hijo a la salida: "Pasa de mí. Déjame vivir mi vida". Y luego nos acusan a nosotros de maltrato... ¿Este es el futuro que estamos preparando? ¿Los culpables somos los maestros por no trabajar en julio? No, ni mucho menos, pero se necesitan culpables y nosotros estamos en el punto de mira de ignorantes y manipuladores sin escrúpulos. Nadie se molesta en comprender nuestro trabajo, seguimos pareciendo "privilegiados" (?) No estamos callados, no estamos inactivos, no estamos dormidos, pero no es suficiente. Seguimos en nuestros puestos, al pie del cañón, pero no todos lo soportamos por igual. No somos superhéroes, somos humanos con límites y con escasas ayudas. Hay que seguir, sin duda, pero, ¿hasta cuándo aguantaremos?
Felicidades por el artículo. Un saludo.

Lourdes dijo...

Me ha encantado el texto, sí.
Siempre he dicho que la labor del docente es admirable; que es por vocación y que no está para nada pagada con dinero suficiente.
Desde aquí mi reconocimiento.


Besos!!

Matola dijo...

Siempre he tenido a maestros cerca de mi y siempre les he visto trabajar en casa, los fines de semana e incluso en vacaciones. Los que no lo ven es porque no quieren verlo.
Os admiro.
Un abrazo

Merche Pallarés dijo...

Excelente y verídico retrato de una profesora de instituto actual. Os acompaño en el sentimiento... Besotes, M.

Joselu dijo...

Estoy tan dentro de lo que describes que siento una profunda desazón. Es difícil imaginar lo que es la profesión de maestro o profesor. El otro día les explicaba a alumnos de cuarto de ESO lo difícil que es estar ahí delante, a propósito de un conflicto que habían tenido con un profesor (son continuos en este curso). Les comenté que en algún momento yo no pude seguir y que entré en depresión que tuvo que ser tratada hace unos años. Reacción suya: a ver si le hacemos coger una depresión a esa profesora y se larga y no vuelve. Me di cuenta de que había cometido un grave error: les había mostrado nuestra fragilidad, la mía y la de otros compañeros, y en esta profesión no se permite la debilidad, todo menos la debilidad. Treinta pares de ojos te escanean viendo tus puntos débiles. Alumnos vagos pero astutos te someten a un análisis del carácter y si eres débil estás caído, estás hundido. Los alumnos, como los animales, huelen el miedo, la inseguridad, y cuando los detectan se lanzan al ataque sin piedad, sin remordimiento. Es una etapa inmisericorde y en los tiempos en que estamos, acostumbrados a acosos, depresiones, suicidios, hundimientos… nada les estimula tanto como la fragilidad.

Saludos.

amelche dijo...

JULI: Sí, la verdad es que somos un poco "trabajo adictos", todo lo que vemos en cualquier momento nos da ideas para clase. Somos profesores 24 horas al día, no lo podemos evitar.

Y también tienes razón en que, si se hubiera inspeccionado bien ciertas bajas, no sólo nuestras, sino de muchos funcionarios que creo que le echan más morro que nosotros, otro gallo nos habría cantado, pero bueno.

En fin, ánimo y un abrazo.


ROSA: Los adolescentes siempre serán adolescentes, te lo digo yo que he trabajado en muchos institutos, academias y hasta en el extranjero y no veo muchas diferencias entre adolescentes de aquí y de allí. Y eso se une a lo que comentas de que nos desprestigian por todos lados, empezando por los políticos (nuestros jefes en la Administración) que son los que más nos tendrían que defender. Pero como les conviene para sus mezquinos intereses, nos ponen verdes por todas partes. ¿Cómo nos va a respetar un quinceañero si no nos respeta ni el ministro?

Aunque a veces, sólo a veces, pasa algo que nos hace estar muy orgullosos y saber que no nos equivocamos al elegir esta profesión.

Un abrazo y cuídate.

nocheinfinita dijo...

Un texto que describe muy bien el trabajo del profesorado en la actualidad. Siempre he dicho que hace falta mucha vocación para ejercer como docente.

Abrazo

natalia guerrero dijo...

Me siento muy identificada, gracias por este maravilloso texto.

amelche dijo...

MONTSE: No sé si tocaremos fondo, pero a ver si la cosa se va arreglando. Y, si no aprenden inglés, al menos, aprenden a preparar un té con leche fría, ¡ja, ja!



YOLANDA: Sí, cada vez hay más alumnos con problemas y sus madres que vienen a contarnos su vida y no podemos hacer mucho. Y sí, los políticos intentan echarnos la culpa de todo para escaquearse ellos, pero la gente no es tonta. Lo bueno es que seguimos activos, como dices.

Un abrazo.

amelche dijo...

LOURDES: Dilo siempre que nos critiquen y así, iremos despertando conciencias. Un abrazo.




MATOLA: Sí, es mucho trabajo. Y no se ve porque es en casa.

Un abrazo

María dijo...

Los profesores realizan un gran esfuerzo y una gran labor, y a veces, no lo valoramos tanto como deberíamos.

Un beso.

Myriam dijo...

El texto es claro, sobrecogedor y certero. La profesión de enseñante es, para mi, un apostolado y es una vergüenza que no sea reconocida en su justo valor.

Besos, Ana y ya estoy de vuelta, y el encuentro estuvo maravilloso y ojalá puedas concurrir al próximo o próximos.

Un beso,

Matola dijo...

Siempre, siempre vale la pena seguir .
Gracias por vuestro trabajo

amelche dijo...

MARÍA: Gracias por reconocerlo. Un abrazo.


MYRIAM: Me alegro de que lo pasárais bien, ya veremos a la próxima. Un apostolado, sí, nunca lo había pensado así, pero tienes razón.

Un abrazo.




MATOLA: Espero que sí, que valga la pena. De nada. Un abrazo.

Enrique dijo...

La docencia es uno de los trabajos que más ansiedad o depresión produce, tanto por las presiones externas y las condiciones en las que se desarrolla como por las propias expectativas. La comparación entre cómo deberían estar las cosas y cómo realmente están puede conducir al desánimo, la frustración, el abatimiento o el desencanto; a la sensación de fracaso y de impotencia; de que poco o nada se puede hacer. Y, curiosamente, esta sensación puede coexistir con brotes de prepotencia, de alarde de poder, que no dejan de ser una de las reacciones habituales cuando nos sentimos atacados o cuestionados en nuestro trabajo.

Metidos en la maquinaria educativa, resulta difícil evadirse de sus estructuras y sus inercias. El docente de a pie, incluso el docente con un poquito de mando, está sometido a múltiples limitaciones; tanto las que fijan las leyes como las que impone la tradición.

Son trabas que conducen a que nuestro quehacer consista en instruir y seleccionar alumnos siguiendo las pautas que nos marcan. Pero no lo es todo, porque estos alumnos tienen nombre y tienen cara, son personas concretas tan atrapadas como nosotros. Y ahí es donde reside nuestro verdadero trabajo: en acompañarlos; en no tenerlos enfrente sino al lado.

http://www.otraspoliticas.com/educacion/el-dia-a-dia

amelche dijo...

ENRIQUE: Muchas gracias por tu aportación y por lo bien que lo has explicado.