En un día cualquiera de finales de noviembre, el viento silba, furioso, en la calle y dobla los árboles. Se ve el campanario de la iglesia a lo lejos y, un poco más allá, el pueblo de al lado y las montañas. Vigilo un examen de historia mientras intento corregir exámenes de inglés, pero ese viento me lleva a los días de Irlanda, a aquel viento que embravecía el mar y casi se llevaba volando los cables de la luz. Aquellos jueves en que miraba por la ventana del instituto en Ballynahinch y el panorama era gris o aquel día de febrero en que, de repente, se puso a nevar en Derry y ningún alumno hacía caso, pero a mí me embobaba el ver caer aquellos copos blancos que revoloteaban y que no son típicos de mi tierra. Hubo otros días de clase en aulas con ventanas por las que entraban las palmeras ilicitanas y la llenaban de verde, otros en los que nos tragaba la montaña de Orihuela por donde Miguel Hernández pasturaba sus cabras, o de casitas iguales de urbanizaciones de Torrevieja. Y más días aún en otros lugares de Valencia o en el borde con la provincia de Murcia.
Sin embargo, ahora estoy aquí, con este viento que no piensa parar y los alumnos de mi tutoría escribiendo sobre la Constitución de 1845 y la reina Isabel II. Me piden un folio y me levanto a dárselo, intento volver a concentrarme en los exámenes, pero no se puede corregir cuando la vida entera entra por la ventana y el viento sigue silbando fuera
17 comentarios:
Ana, no sé si por suerte o por desgracia, por mucho que nosotros queramos refugiarnos tras las ventanas, al final es inevitable que la vida se cuele por ellas.
Claro, yo aunque mire por las ventanas no veré la vida de fuera. Yo necesitaré abrirlas para escuchar, oler y sentir.
Abro la ventana de mi habitación al levantarme y saco la mano para comprobar la temperatura o si llueve. Abro la ventana del salón de mi casa para escuchar los trinos de los pájaros en primavera...
Recuerdo cuando las abría en mi pueblo y veía los trigales al horizonte o cuando he abierto las ventanas de los hoteles de mis viajes.
Gracias por ayudarme a recordar.
Mucho ánimo y cuídate.
Besos de luz.
La vida entra por la ventana, pero tb la vida la tienes allí, enfrente de ti. Aunque estén callaícos, las criaturillas de tu tutoría están llenas de vida. :)
Besossssssss!!!
Precioso post, amiga. Está lleno de nostalgia y sentimiento.
¿Quién no ha volado atravesando la ventana?
Recordar, o lo que es lo mismo, volver a vivir...
Besos
Precioso y también maravilloso que hayas visto tantas ventanas desde tantas aulas distintas. Besos
ALBERTO: Te aseguro que el viento del otro día lo habrías oído silbar, incluso con la ventana cerrada. De nada y un abrazo.
LOURDES: Lo sé, lo sé. De hecho, también los observé mientras hacían el examen, cómo resoplaban, las caras que ponían... Incluso me acerqué a una chavala (que es muy buena estudiante) para decirle: "Intenta relajarte, que si estás tan nerviosa te va a salir mal".
MONTSE: Sí, recordar y mirar el frío que hacía fuera, lo calentitos que estábamos dentro, la vida que nos espera fuera, la que tenemos dentro (como dice Lourdes)... Muchas sensaciones.
Un abrazo
AMIGA MÍA: Y espero seguir viéndola desde otras aulas.
Un abrazo.
El tiempo vuela con el viento, unas veces más lento, otras demasiado rápido.
Espero que el viento y la vida te lleven a lugares maravillosos y tengas tan buenos recuerdos como ahora.
Bss
Wow, Ana, me encanta la emoción con la que relatas esta entrada, de aquí te veo escribiendo libros. En la parte en la que hablas de Irlanda he querido imaginarte en Hogwarts, mirando el paisaje nevado del exterior... y conozco bien algunos de los lugares que nombras.
Me ha encantado... tal vez breve, pero encantador tu relato.
Un abrazo fuerte.
Me encantó el post, muy poético, y me encanta el viento. Un abrazo fuerte, te debo un correo, ¡saludos!
a veces es mejor dejarse llevar por los buenos recuerdos (las más).
Bonitos recuerdos a través de esas ventanas.
Un abrazo
Un texto entrañable, dulce, tierno con un regusto amargo.
Que la tormenta escampe, pero de veras, pro el bien de todos.
Besos, ánimo, fuerza y mucho calor humano frente a la estufa en este invierno que viene tan arduo.
Precioso texto. Recuerdo al llegar a Toronto los ventanales de mi clase y también quedar embobada viendo caer los copos de nieve... Besotes, M.
Cuando la vida entra por la ventana hay salir a recibirla, pero a veces hay que hacer una pausa entre el deber y el deseo.
BESICOS.
MATOLA: ¡Qué poética eres siempre! Ya sabes que deberías escribir. Un abrazo.
ROSA: Muchas gracias por el comentario. No era Hogwarts, pero uno de los institutos donde trabajé en Derry era un edificio de unos cien años que había sido antes un hospital psiquiátrico y que se estaba usando de instituto mientras se construía el edificio de lo que sería el instituto. Y era impresionante, sí.
Un abrazo.
ILIANA: Me alegro de que sigas viniendo de vez en cuando. Espero que estés bien, un abrazo.
SWYX: Sí, pero hay que seguir viviendo también y creando nuevos recuerdos para el futuro. Un abrazo.
NOCHE: La verdad es que sí. Un abrazo.
MYRIAM: Era un día de auténtico otoño, esta semana hace días más soleados y cálidos. Esperemos que escampe la tormenta, sí.
Un abrazo.
MERCHE: ¿Verdad que sí? Es una sensación indescriptible para alguien que no esté acostumbrado a la nieve y la haya vivido. Un Beso.
ANA: Saldremos a recibirla, pero también podemos quedarnos unos minutos reflexionando con nosotras mismas, ¿no? Un abrazo.
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