Hace unos días me sucedió lo siguiente: Llegué a mi casa del trabajo, pero me tenía que ir pronto a clase de alemán y luego volver al instituto para dar las notas a los padres. Cosa rara en mi calle, había un sitio, así que, aparqué sin molestarme en meter el coche en el garaje. Desde lejos vi a un chico que estaba
tocando todos los timbres de mi edificio y nadie le abría. Pero el tío
insistía. Llego a la puerta y me pregunta: "¿Me puede decir el nombre del
presidente?" Con todo el morro, sin presentarse ni nada. ¿Quién se
cree que es? ¿Por qué tengo que darle información sobre mi edificio a un
desconocido? ¿Por llevar una carpeta e ir bien arreglado ya hay que abrirle la puerta de tu casa y darle toda la información que quiera? ¿Qué más quieres, que te abra la nevera, te saque una cerveza, te deje mi sofá para ver la tele...? Es el colmo de la desfachatez.
Supongo que sería un comercial, no lo sé porque no le di más opción, ya que él tampoco se había molestado en decirme quién era y qué quería. Le contesté: "Pues no, no se lo pienso decir." Se quedó pasmado y, entre incrédulo y chulito, lo cuál me dio la impresión de que era un machista que no acepta que una mujer le gane la partida, replicó: "¿Que no
me lo piensa decir?" (Mira nene, ponte en plan adolescente enrabietado, que ya tengo experiencia de sobra en ese tipo de comportamientos y por ahí no vas a ningún lado, chaval.) Y yo: " Pues no, no tengo por qué. Así que, si lo
quiere saber, averígüelo." Entré y le cerré la puerta en las
narices para que no se colara en mi edificio. Se quedó despotricando
contra mí, pero me da igual. Viene a molestar a todo el mundo a la hora de la comida/ siesta, que es
el momento más íntimo que tenemos, sobre todo, con este ritmo de vida
que llevamos. Tiene la mala educación de no decirme quién es y para
quién trabaja y, encima, se cree con derecho a interrogarme y que yo le conteste. Hasta ahí podríamos llegar, que para eso estoy en mi casa. Desde luego, no sé qué piensan las empresas, porque con esas técnicas agresivas, a mí no me dan ganas de comprar ningún producto. Y supongo que, a la mayoría de la gente, tampoco.