La primera vez que oí hablar de Las Batuecas creo que fue en la literatura española del siglo XIX, en artículos como el de Larra: Carta a Andrés desde Las Batuecas. Pongo aquí un enlace sonoro para todos, especialmente para Alberto: pinchad. Parecía un lugar perdido del mundo (y sigue estándolo, a pesar de que ahora tenemos aviones, trenes de alta velocidad, carreteras y coches) donde la gente lo único que hacía era ponerse el traje típico y poco más. Lo que no sabía yo era que Las Batuecas continuaban en Las Hurdes en el lado extremeño, otro lugar mítico como símbolo de pobreza, atraso y aislamiento.El caso es que llegamos allí un poco por casualidad, porque nos lo recomendó la recepcionista del hotel, quién nos dijo que solía ir a bañarse al río. La verdad es que valió la pena, por la tranquilidad y la calma que se respiraba allí. Un lugar para perderse y que no venga nadie a buscarte, a no ser que lo pidas tú.
La ruta del agua por Mogarraz y los pueblos vecinos también estuvo muy bien el día anterior, aunque no hubiera agua. En primavera debe de ser más bonita. Y, al final, conseguimos comer las "patatas meneás" que nos recomendó Ana casi el último día de nuestra estancia por tierras salmantinas.
En resumen, que fue un viaje muy agradable por la compañía, los paisajes, la ruta cultural y la gastronomía. A pesar de que nos quedáramos sin ver el concierto en la Casa Lis la primera noche por culpa de la lluvia. Pero otra vez será.



