Al día siguiente, tras el desayuno, nos fuimos a explorar la zona. Casi por casualidad acabamos pidiendo un mapa en la oficina de turismo de Rodalquilar. Luego visitamos un jardín botánico que había cerca y, en la puerta, un hombre nos preguntó en inglés por la oficina de turismo. Qué suerte tienen algunos, en un pueblo en el que no había casi nadie por la calle, va a dar justo con alguien que habla inglés. Se lo expliqué y entramos al edificio, donde había una exposición, y después se accedía al jardín por una puerta trasera.
El sol también riela, no sólo la luna.
Hacía mucho calor y, tras parar a hacer fotos en miradores que había por la carretera, le dije a mi amiga que nos compráramos una gorra o íbamos a acabar achicharradas. Así que nos compramos sendas gorras en La isleta del moro, un pueblo muy majo al que volvimos después para comer pescado en una terracita. Era el sitio ideal para unas vacaciones sin estrés.
Mi amiga llevaba el bikini puesto, pero yo no, lo tenía en la mochila, por lo que tuve que cambiarme en el coche, tapada con la toalla. Y la verdad es que me costó, porque tenía los pantalones pegados del sudor. Encima, mi amiga partida de la risa diciéndome que venía un autobús y me iban a ver, pero al final lo conseguí y nos bañamos en una de las mejores playas que he visto en mi vida: la playa de los genoveses. Unas aguas cristalinas, una calma... ¡qué bien se estaba allí! Y eso que el agua estaba helada, pero con el calor que hacía, nos dio igual.
A continuación nos fuimos a la Playa de monsul y, para nuestra sorpresa, había mucho oleaje y gente haciendo surf. Era lo opuesto a la playa anterior, con lo quieta que estaba allí el agua. Ya era un poco tarde, así que decidimos volver a La isleta del moro y comer en uno de los restaurantes que habíamos visto allí.

Playa de Monsul.
Después de comer continuamos viaje y nos dimos un paseo por otra playa cuyo nombre no recuerdo y luego fuimos al faro del Cabo de gata por una carretera estrechísima. Era el O'Connor Pass de Almería, incluso puede que peor, aunque afortunadamente más corto que su versión irlandesa. A todo eso, ya eran las siete de la tarde, llevábamos todo el día por ahí y estábamos un poco cansadas, así que volvimos al hotel a ducharnos y cambiarnos de ropa para salir a cenar a una pizzería preciosa y disfrutar de otro paseo con luna llena cerca del mar.