"Las batallas hay que darlas, se ganen o se pierdan, hay que darlas por el hecho mismo de darlas."-José Luis Sampedro.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Otoño.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Hoy se casa mi hermano.
“Hay una historia que habla de un pueblo en el que la gente tenía unas libretitas donde ir apuntando los momentos en que habían sido felices. Al morir, se sumaba todo y se veía quién había vivido más, porque sólo vivimos cuando somos felices. En 1918 mi bisabuelo empezó esta libreta, en la que se registran los acontecimientos más importantes de la familia: nacimientos, muertes, bodas... Parece ser que todos los López tenían una libreta igual que esta, pero, como mi bisabuela no sabía escribir, lo hizo su marido.
Hoy 20 de noviembre de 2010, vamos a escribir una página más. Seguro que os hemos hecho muchos regalos de boda, pero yo quiero regalaros una libreta nueva, con las páginas en blanco, para escribir vuestra historia a partir de ahora y que se llene de momentos felices. Por ejemplo, de paseos por los álamos del río, como el poema de Antonio Machado que yo recitaba para picar a mi hermano cuando empezó a salir con su novia:
“Allá, en las tierras altas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños..
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.”
Pero, como no todo es perfecto en la vida y muchas veces la rutina hace mella, a fin de evitarlo, me gustaría que mi hermano recitara de vez en cuando este poema de Luis Alberto de Cuenca:
“Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».
Y este discurso debe acabar como acaban los cuentos: “Y fueron felices y comieron perdices.”
domingo, 14 de noviembre de 2010
A veces me siento así.
en mi soledad,
cuando estoy con ellos,
¡qué lejos están!"
Antonio Machado.
jueves, 11 de noviembre de 2010
La Y griega de toda la vida.
sábado, 30 de octubre de 2010
Una tarde muy agradable.
domingo, 24 de octubre de 2010
Orgullosa de ser profesora.
Como muy bien dice el vídeo siguiente:
"Señor gobernante, usted es un gobernador, yo soy un docente. Usted pasará a la historia, yo quedaré en la memoria de miles de niños, jóvenes y adultos. Usted hace escuelas, yo vivo la escuela. Usted decreta, yo enseño. Usted dirige la justicia, yo soy justa. Usted, como otros gobernantes, pasará. Yo, como otros docentes, quedaré. Usted nos humilla, yo sólo espero. Usted habla enojado, yo escucho. Usted nos quiere dividir, yo enseño a multiplicar. Usted recibe abrazos comprometidos, yo recibo abrazos sinceros. Usted me ataca, yo me defiendo. Usted tiene 8 años de gobierno, yo tengo muchos más años de docencia. Usted da subsidios, yo pago los impuestos. Usted gobierna, yo educo. Usted corta cintas, yo corto cadenas. Usted resta haberes, yo sumo conocimientos. Usted ordena, yo busco acuerdos. Usted reparte, yo comparto. Usted tiene los gastos pagados, yo pago los gastos. Usted fue elegido, yo elijo. Usted suma votos, yo enseño a votar. Usted es sólo un gobernante, yo soy un docente."
El otro día me encontré por la calle a unas alumnas que tuve hace tres años y vinieron corriendo a saludarme, hablar conmigo, contarme cómo les va en el instituto y preguntarme dónde estoy trabajando y qué hago. Eso, ¿se paga con dinero? Por tanto, hay que estar orgullosos de ser docentes, a pesar de que la sociedad en general aún no se haya dado cuenta de lo importantes que somos y no nos reconozca lo que es nuestro.
sábado, 23 de octubre de 2010
Voy a ser tía.
He intentado hacer scones esta mañana, pero no me salía la masa como quería, así que he añadido leche. Entonces estaba demasiado pegajoso y poco firme, así que he añadido harina y un poco de azúcar, para compensar. Total, que al final he acabado echando todo a ojo, sin seguir las medidas. Pero cuando he intentado amasar todo con un rodillo de madera, estaba demasiado blando, no iba a salir lo que yo quería. Cabreada, he puesto todo en un molde de cristal y lo he metido en el horno. Ha acabado siendo un bizcocho, casi con sabor de scone. Tendré que volver a intentarlo otro día.
Mientras intentaba limpiar todo el desastre, me han llamado mis padres, que estaban de viaje, y yo enfadada porque me llamaran justo cuando más lío tenía, con todo por en medio en la cocina y el bizcocho en el horno. Entonces me he enterado de que voy a ser tía y me ha dado ya todo igual.
domingo, 17 de octubre de 2010
Como la vida misma.
Y, aunque sé que hay que trabajar para ganar dinero para volver a salir de viaje, me mata la rutina de encerrarme en un edificio de ladrillo rojo de 8 a 3, de conducir 90 kms. ida y vuelta cada día, de gastarme un dineral al mes en gasolina, de pagar hipoteca cada día 11 hasta que cumpla 64 años. "Cada mañana trae, como dice Auden, verbos irregulares que es preciso aprender, o decisiones penosas y que aguardan examen", escribió Jaime Gil de Biedma. Aunque a mí, más bien, me gustaría calzarme mis botas y, como dijo Fray Luis de León, seguir la senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Comidas y cenas.
Después hubo también una cena con otra amiga en una pizzería cerca del mar, una conversación trascendental y paseo nocturno sin luna, y sin embargo, con siete olas que salté. Ya sé que se supone que hay que saltarlas en San Juan pero, como nunca lo había hecho antes, decidí saltarlas esa noche. Además, hubo una comida de tapas por Benijófar que estuvo bastante bien, completamos los cinco sellos de los establecimientos participantes y a ver si ganamos la cena para dos, ¡ja, ja! Tras la comida hubo un paseo por una playa que me recordó los veranos de mi juventud, cuando trabajaba allí en la oficina de turismo. El día anterior hubo también, con otra amiga distinta, un espectáculo sobre la vida y la obra de Miguel Hernández en el patio de la biblioteca municipal y una cena para volver a celebrar mi cumpleaños, cualquier excusa es buena. Y esa noche hubo, con otra amiga distinta de las anteriores, otra cena de tapeo y un batido tomado en una tetería decorada como una casa de principios del siglo XX. En resumen, qué bueno es juntarse con los amigos, sobre todo cuando hace tiempo que no los ves.
domingo, 10 de octubre de 2010
Fin del viaje a Almería.
El domingo recogimos todo, bajamos a desayunar y luego nos fuimos camino de Sorbas, para entrar en sus cuevas de yeso. Nos dieron unos cascos con luz, ya que no hay luz eléctrica dentro de la cueva. Éramos muy pocos en la visita, lo cual era bastante agradable. En algunos lugares las rocas habían caído y teníamos que reptar para pasar por debajo, acabamos con las ropas polvorientas y con necesidad de meternos en la ducha. Pero fue curioso por los brillos de las rocas de yeso en las paredes, los techos con murciélagos, ramas y troncos de árboles caídos y que fuera una de las cuevas en estado más silvestre de todas las que he visto. Además era la primera que no tenía estalagtitas y estalagmitas, ya que cuando llueve mucho suele inundarse y, por tanto, no se dan las condiciones necesarias para que crezcan. Al salir nos limpiamos un poco con unos cepillos que allí había y pusimos rumbo a Garrucha, donde comimos muy bien en un restaurante del paseo marítimo. Luego fuimos a Mojácar playa y al pueblo, nos tomamos un helado y emprendimos la marcha para volver a casa, porque al día siguiente teníamos que trabajar para poder ganar dinero para ir a más viajes. Más viajes que harán que dejemos huella en otras playas, como lo hicimos en la de la foto.
domingo, 3 de octubre de 2010
Cabo de gata II.
Hacía mucho calor y, tras parar a hacer fotos en miradores que había por la carretera, le dije a mi amiga que nos compráramos una gorra o íbamos a acabar achicharradas. Así que nos compramos sendas gorras en La isleta del moro, un pueblo muy majo al que volvimos después para comer pescado en una terracita. Era el sitio ideal para unas vacaciones sin estrés.
Mi amiga llevaba el bikini puesto, pero yo no, lo tenía en la mochila, por lo que tuve que cambiarme en el coche, tapada con la toalla. Y la verdad es que me costó, porque tenía los pantalones pegados del sudor. Encima, mi amiga partida de la risa diciéndome que venía un autobús y me iban a ver, pero al final lo conseguí y nos bañamos en una de las mejores playas que he visto en mi vida: la playa de los genoveses. Unas aguas cristalinas, una calma... ¡qué bien se estaba allí! Y eso que el agua estaba helada, pero con el calor que hacía, nos dio igual.
A continuación nos fuimos a la Playa de monsul y, para nuestra sorpresa, había mucho oleaje y gente haciendo surf. Era lo opuesto a la playa anterior, con lo quieta que estaba allí el agua. Ya era un poco tarde, así que decidimos volver a La isleta del moro y comer en uno de los restaurantes que habíamos visto allí.
Después de comer continuamos viaje y nos dimos un paseo por otra playa cuyo nombre no recuerdo y luego fuimos al faro del Cabo de gata por una carretera estrechísima. Era el O'Connor Pass de Almería, incluso puede que peor, aunque afortunadamente más corto que su versión irlandesa. A todo eso, ya eran las siete de la tarde, llevábamos todo el día por ahí y estábamos un poco cansadas, así que volvimos al hotel a ducharnos y cambiarnos de ropa para salir a cenar a una pizzería preciosa y disfrutar de otro paseo con luna llena cerca del mar.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Cabo de Gata.
A continuación nos echamos a la calle a disfrutar de la luna y para ello nos sentamos en una cafetería donde nos tomamos un té justo delante del mar, contemplando las barcas que salían a pescar y lo que decía aquel famoso poema que aprendimos de memoria en la niñez: "La luna en el mar riela, en la lona gime el viento y alza en blando movimiento olas de plata y azul". Rielar, qué bonito verbo apenas conjugado y tan apropiado para esas costas almerienses, que en su época sufrieron los ataques de los piratas berberiscos, piratas como el protagonista del poema de Espronceda. Para quien no lo recuerde, en este vídeo aparece entero:
Hablamos del pasado, el presente y el futuro, arreglamos el mundo y, ya cuando empezábamos a tener un poco de frío por el relente de la noche, nos fuimos a otro bar, un poco más adentro del pueblo, pero desde el que todavía se podía contemplar el mar y la luna llena. Allí nos tomamos sendos mojitos para celebrar que estábamos vivas. A las doce, como cenicientas, volvimos al hotel y nos fuimos a dormir, que al día siguiente teníamos maravillosas playas por descubrir.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Labordeta.
Yo era muy joven durante la Transición, tenía dos años cuando murió Franco y, por lo tanto, estas canciones las he conocido con posterioridad, conforme fui creciendo y descubriendo que "una de las dos Españas ha de helarte el corazón", como decía Antonio Machado. A los veinte años tuve la suerte de conocerlo en persona y de asistir a un concierto suyo en Benasque (Huesca) durante un curso organizado por la universidad de Zaragoza. Fue impresionante cantar todos juntos esta canción agarrados de la mano.
Siempre me pareció un hombre íntegro, honesto, que actuaba según sus ideas, un hombre de los que nos haría falta tener más. Descanse en paz y ojalá que un día, al levantar la vista, veamos una tierra que ponga "libertad".
sábado, 11 de septiembre de 2010
Irlanda 2010 (Última parte).
Encontramos un trozo de autopista muy buena, aunque de peaje, pero no era muy cara y llegamos muy pronto a Cork. Nos perdimos buscando una gasolinera para devolver el coche con el depósito lleno y que no nos pegaran un sablazo después. Pero al final encontramos una justo al lado del aeropuerto y de la empresa donde teníamos que dejar el coche. El hombre que lo revisó al entregarlo y vio que estaba sin un rasguño, aunque un poco lleno de barro, nos dijo que habíamos recorrido 1557 kms. Reorganizamos el contenido de las maletas mientras él inspeccionaba el coche y, cual sería nuestra sorpresa al facturar que la grande pesaba justamente 15 kgs. Ni más, ni menos, como a la ida. Y eso que habíamos cambiado cosas de sitio...
En el aeropuerto comimos las manzanas y lo que nos quedaba de los picnics y nos tomamos una sidra para despedirnos de Irlanda antes de partir. Una cola de irlandeses deseosos de llegar a las playas mediterráneas y de algunos españoles que, como nosotras volvían a casa tras las vacaciones, nos agolpábamos antes de entrar en el avión. El viaje fue bastante tranquilo, nos despedimos del verde para ir al encuentro del marrón desértico de la zona donde vivimos, mi compañera se quedó dormida mientras yo pensaba en la historia de los monjes de las Skellig, que les contaría algún día a mis hijos antes de que se durmieran. Sin embargo, casi al llegar, nos pilló una tormenta con las consiguientes turbulencias, cosa que no me gusta nada dentro de un avión, pero aterrizamos sin problemas, recogimos las maletas y volvimos a casa.
FIN
jueves, 9 de septiembre de 2010
Irlanda 2010 (Octava parte)
Después de comer seguimos viaje hacia Galway, sin parar allí, y luego dirección Limerick. Encontramos una de las pocas autopistas que hay en Irlanda, aún estaba en construcción en algunos tramos, y por fin pudimos desquitarnos de los caminitos que habíamos recorrido durante el viaje. Pero, como las alegrías duran poco en casa del pobre, la autopista se acabó pronto y volvimos a las carreteras estrechas, aunque no tanto como otras veces. Llegamos a Cashel a las 6.15 y poco antes había sido el último pase para ver el castillo. Además, estaba en obras, así que, no sé qué habríamos podido ver. En vista del éxito nos fuimos a tomar un capuccino con scone, el último del viaje, antes de seguir hasta Clonmel, que era nuestro destino.
Allí nos perdimos un poco, pero como preguntando se va a Roma ("¿de dónde crees que vengo?", dice el chiste), al final llegamos. Era un sitio un poco extraño, casi de novela de Agatha Christi, menos mal que no nos pasó nada. Pensamos si salir a buscar un pub, pero al final nos pudo la pereza y nos quedamos haciendo las maletas para el día siguiente y tirando envoltorios de los regalos que teníamos para que hubiera menos peso y la compañía aérea no nos cobrara más. Nos quitamos todo el lastre posible, la verdad, y nos salió bien.
Cuando ya teníamos unas maletas en perfecto estado de revista y peso, nos tomamos un té, estuvimos hablando un rato y, al final, nos fuimos a dormir.
CONTINUARÁ...
viernes, 3 de septiembre de 2010
No water, no water (Irlanda 2010 séptima parte).
Salgo en toalla por no vestirme otra vez y aquella, que estaba medio dormida, al verme de esa guisa, tirando de la toalla por todos lados para que no se me viera nada porque me venía corta, se despierta y se parte de risa conmigo. Me dice: "Si quieres, bajo y les digo a los dueños: "No water, no water" y luego me subo, porque no entenderé lo que me contesten... O si no, bajas tú en toalla, con lo sexy que estás, a ver si te ligas al dueño, que no sabemos si está bueno (no lo habíamos visto aún, nos atendió su mujer la tarde antes). Y la tía, muerta de risa. Total, que al final me visto, con todo el champú en el pelo aún, y bajo. Estaba la familia desayunando en la cocina, tuve que tocar la puerta porque la tenían cerrada. Les cuento la historia y me dicen que ya han llamado para avisar porque ha habido un corte de agua (se ve que se rompió una tubería o no sé qué que habían cambiado en abril en esa zona) y que no se podía hacer nada, que todas las casas estaban igual. Así que les contesto: "Bueno, pues me quedaré con el champú en el pelo". Y entonces me dice el hombre que probara el baño de los niños, que al estar en la planta baja, aunque no tenía mucha presión, sí que llegaba algo de agua, no como al primer piso. Así que me subo a por la toalla, bajo y me encuentro a la mujer puesta de guantes de goma limpiándolo todo (estaba limpio, pero bueno) y le digo que no se preocupe, que sólo voy a usar la ducha y no soy tan tiquismiquis. Y ya por fin me pude duchar. Pero el hombre cada vez que venía a nuestra mesa en el desayuno a servirnos, estaba intentando no reírse. Y mi compañera de viaje también, de verlo. Hasta que nos fuimos estuvieron con el cachondeo y creo que aún se estarán riendo de mí con el champú en la cabeza. Y eso que no bajé en toalla, si no...
El día, que había empezado soleado, se había puesto lluvioso y la verdad es que no daba gusto pasear al aire libre. Al llegar al Parque Nacional de Connemara fuimos a la cafetería y nos comimos unos sandwiches y tomamos un capuccino de sobre que estaba bastante malo. Dimos una vuelta por el bosque y, al final, decidimos coger el coche y recorrer la parte norte de Connemara para hacer fotos. Era precioso: lagos, ovejas, campos verdes... Pero la lluvia, con esa niebla que crea, afeaba el paisaje y lo desdibujaba tanto, que apenas se veía en las fotos. Buscando Cong, un pueblo con monumentos medievales, nos perdimos en algún lugar debido a que había pocas señales y, las que había, estaban en irlandés y no las entendíamos. Acabamos, no sé cómo, en el condado de Mayo, no llegamos a Irlanda del Norte de milagro, al paso que íbamos... Mirando el mapa nos dimos cuenta de que teníamos que rodear un lago enorme para llegar a Cong, pero la conductora necesitaba ir al baño. Así que paramos en un lugar llamado Partry y nos dirigimos a un pub. Al abrir la puerta de aquel universo masculino y ver a los bachelors (solteros) de County Mayo allí reunidos en torno a la barra y más aburridos que ostras en una tarde de domingo, en vista del panorama, decidimos huir, literalmente, ¡ja, ja! Cerramos la puerta y nos largamos.
Paramos en el siguiente pueblo, Ballinrobe, que estaba más desierto que el Sáhara. A pesar de todo, conseguimos encontrar una extraña cafetería-restaurante y estaba abierta. Había muy poca gente dentro: unas señoras mayores tomando el té con scones y luego llegó una pareja, también mayor, a cenar. Pedimos un capuccino con apple crumble, una especie de tarta de manzana, pero diferente de cómo la hacemos aquí. Luego seguimos camino a Cong, vimos una abadía medieval, dimos una vuelta por el pueblo y decidimos volver al B&B porque empezaba a llover bastante fuerte y ya eran las 8 de la tarde de todas formas. Al llegar estuve bastante rato hablando con la dueña, que me contó que habían reparado ya las tuberías y teníamos agua, nos contamos cosas de la vida en Irlanda y la vida en España y, al cabo del rato, me conecté a internet (había bajado para eso, pero como nos pusimos a hablar...) y cuando me cansé subí a la habitación y le conté a A. lo que me había contado la señora. Ella estaba viendo El jardinero fiel, en inglés, por supuesto. Hablamos un rato, no recuerdo si nos tomamos un té, y luego ya nos fuimos a dormir con un poco de pena porque se nos estaban acabando las aventuras irlandesas.
CONTINUARÁ...
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Irlanda 2010 (Sexta parte)
Tras el desayuno y cuando los americanos ya se habían marchado, nos quedamos un rato hablando con los dueños del B&B, quienes nos contaron un montón de cosas de su vida y de cómo ir a los acantilados de Moher, saltando una valla por la que estaba prohibido saltar, para ahorrarnos los ocho euros que cuesta el parking. Estos irlandeses son la leche, ¡son peor que los españoles! y mira que aquí somos pícaros. "Money for your pocket", me decía el dueño. Dinero ahorrado, al bolsillo. Intentamos hacerle caso, pero nos metimos en unos caminos rurales tan estrechos que me arrepentí de ello. Acabamos delante de una valla de piedra con unos pinchos de alambre en la que ponía claramente que no se podía invadir la propiedad privada (ya me lo había dicho el dueño del B&B, pero me dijo también que la ignoráramos y que, como éramos fuertes y jóvenes, no nos costaría saltar la valla). ¿Y los pinchos qué? ¿Y si nos pillaba la Garda, la policía irlandesa, qué? Además, había una puerta de metal para ganado y era difícil aparcar allí sin taparla. Total, que decidimos ir por donde va todo el mundo y pagar los ocho euros. La verdad es que, desde el año 95 es la cuarta vez que voy y creo que la primera que me cobran, estos irlandeses están espabilando mucho.
Llamé a Luciano para decirle que ya se había hecho tan tarde que no nos daba tiempo para comer en Galway, pero que podíamos tomar café después y me contestó que no nos preocupáramos. Seguimos visitando el Burren, una zona pedregosa que hay cerca de los acantilados y allí, en una oficina de correos perdida del mundo, compré sellos. Eché algunas postales, pero no quise echarlas todas porque no las iban a recoger hasta el lunes siguiente y pensé que en Galway las recogerían antes, pero después allí era igual. Llegamos a Galway sobre las cuatro de la tarde y estuvimos paseando por la zona comercial hasta que llegaron Luciano, Ángela y el pequeño Leandro. Entonces nos sentamos en una terraza a tomar un capuccino y estuvimos hablando de todo un poco, ya que hacía tres años que no nos habíamos visto.
Luego ya, seguimos viaje hasta Connemara, que era donde íbamos a dormir esa noche. Paramos por el camino a comprar víveres para hacer un picnic y mi compañera dijo que sería un buen momento para ver la puesta de sol, ya que ese día no estaba nublado como otras veces. Le pregunté a la dueña del B&B y nos indicó un sitio precioso, en un lugar donde teníamos el mar a un lado y un lago al otro lado. Nos perdimos un poco, pero al final lo encontramos justo a tiempo, justo cuando estaba a punto de esconderse el sol. Cenamos dentro del coche y, al volver al B&B nos encontramos con unos burritos blancos en la carretera. Al llegar, nos tomamos un té y nos fuimos a dormir, que ya habíamos recorrido un buen trozo de Irlanda ese día también y nos esperaban más aventuras a la mañana siguiente.

CONTINUARÁ...
Pdata. Gracias a todos los que se han acordado de que hoy es mi cumpleaños y, a los que no, pues se lo recuerdo, ¡ja, ja!
lunes, 30 de agosto de 2010
Irlanda 2010 (Quinta parte)
Paramos un rato en la playa de Inch, donde hacía bastante frío y había gente aprendiendo surf, y luego seguimos camino hacia el pueblo de Dingle. Allí comimos una sopa y un sandwich (una cosa cada una porque no teníamos mucha hambre tras el desayuno inmenso que nos daban cada día) en una librería-cafetería llamada en irlandés An café litearta, un sitio muy interesante y muy tranquilo, con poca gente. Mi compañera de viaje me preguntó por la historia de Irlanda y empecé a soltar un discurso desde los tiempos anteriores a las plantaciones para entrar en más detalles en los acontecimientos del siglo XX y principios del XXI. Al acabar me preguntó: "¿Cómo sabes tantas cosas de la historia de Irlanda?" Y le contesté que porque me gusta, porque viví en Irlanda del Norte, donde la gente me contaba cosas, lo cual me hizo interesarme por la historia irlandesa y porque un día, volviendo de vacaciones a España una Semana Santa, cuando todo el mundo compraba novelas de amor o de terror en el aeropuerto de Stansted, yo me compré un tocho (concretamente, este) sobre la historia de Irlanda y lo devoré con más ansias que los lectores de novelas rosas devoran las suyas. Yo siempre fui un poco rara, ¿qué le vamos a hacer si me gustan los libros de historia de Irlanda? Además, el tema 56 de las oposiciones también trataba sobre la historia de Irlanda y nunca me salió, con lo que habría disfrutado contándolo.
Tras dar una vuelta por el pueblo, emprendimos la marcha, pero nos perdimos y acabamos en una mini aldea de tres casas donde hasta el pub estaba cerrado. Las señales no eran muy claras y no sabíamos a dónde ir. Tampoco sabíamos dónde estábamos. Pero en esas que apareció una furgoneta verde de Correos irlandés con un señor que iba recogiendo las cartas de los buzones perdidos en la Irlanda rural y allá que me fui hacia él, mapa en mano, para preguntarle dónde estábamos y cómo teníamos que ir donde queríamos. Me explicó que teníamos que volver por dónde habíamos venido y buscar allí indicaciones para otra carretera. Así que volvimos a Dingle y, al final, conseguimos encontrar el camino. ¿Quién quiere GPS habiendo carteros irlandeses con los que charlar un rato?
La carretera en Connor Pass era tan estrecha que no dejaban pasar autobuses ni camiones y menos mal que no encontramos a nadie de frente porque si no, a ver cómo hubiéramos pasado. Pero el paisaje era impresionante y nos paramos a hacer fotos antes de entrar en ella. Al salir de Connor Pass estábamos en la costa de nuevo y seguimos camino hasta Tralee, donde pusimos gasolina. Me acordé de la canción, The Rose of Tralee, pero no vimos ninguna rosa. De todas formas, teníamos que ir al condado de Clare, así que, tras perdernos y encontrarnos, seguimos viaje. Llegamos a Tarbert justo cuando llegaba el trasbordador y nos pusimos a la cola de coches para entrar. Veinte minutos y dieciocho euros menos después, llegamos a la otra orilla, tras cruzar el río Shannon. Impresionante el Shannon, parece el mar. Para gente como yo, acostumbrada al hilillo de agua del Vinalopó, el Shannon son diez mares. Si el Vinalopó tuviera la sexta parte del agua del Shannon, aquí haríamos milagros.
Ya estábamos en el Condado de Clare, habíamos recorrido ya tres condados de los 32 que hay en Irlanda: Cork, Kerry y ahora, Clare. Paramos en Kilrush a comprar comida para cenar y a llamar al B&B para avisar de que llegaríamos tarde para que no anularan la reserva. Luego nos dirigimos a Spanish Point, donde los buques de la Armada invencible encallaron. Por eso dicen las leyendas irlandesas que los irlandeses de esas zonas son más morenos de pelo y de piel, de ojos castaños, y se cabrean más rápidamente, porque son descendientes de marineros españoles de la Armada invencible, que se quedaron allí y nadie fue a rescatar. Hacía viento y frío, aunque había un grupo de paquistaníes o hindúes jugando al fútbol en la playa. Nos quedamos en el parking, dentro del coche, preparamos un picnic y contemplamos un mar embravecido como el que se tragó a nuestros compatriotas varios siglos antes.
Después continuamos viaje hasta llegar, por fin, a Liscannor. Localizamos el B&B y, estábamos tan cansadas, que ni bajamos a la salita para huéspedes donde el dueño nos había dicho que podíamos ver la tele. Mientras mi compañera de viaje se duchaba, yo preparé un té (había siempre té y café en las habitaciones de los B&B) y me puse a contemplar el paisaje por la ventana: todo verde y unas vacas pastando. Unas casitas nuevas en las que empezaban a encenderse algunas luces y, a lo lejos en el horizonte, los acantilados de Moher y el mar. La calefacción estaba encendida ese día porque hacía un poco de frío. Nos tomamos el té junto a la ventana, charlamos un rato mientras anochecía y luego, yo me puse a escribir las postales que me faltaban mientras A. se quedaba dormida.
CONTINUARÁ...
domingo, 29 de agosto de 2010
Skellig Islands 2 (Cuarta parte, bis).
Al llegar abajo, hicimos fotos con algunas gaviotas que se acercaban desafiantes, como a disputarnos nuestro derecho a estar en la isla. Y luego ya fuimos a esperar al barco. Estaban todos en el mar y sólo uno en el puerto (sólo cabía uno). Al final, nuestro barquero se cansó de esperar a que se llenara ese barco y se fuera, porque faltaban aún varios turistas después de un rato allí. Así que, ni corto ni perezoso, vino, ató su barco al otro y nos hizo pasar saltando de barco en barco. Repito lo que dije en el post anterior: ¡Menos mal que llevábamos botas de montaña! Y que el barquero joven de la otra embarcación nos ayudó a subir.
Luego dimos una vuelta completa por la isla pequeña y fue impresionante ver la cantidad de aves que estaban allí posadas y sobrevolando el cielo. Cada puntito blanco que se veía, era un ave y había miles, como se puede ver en la siguiente foto (podéis pinchar en ella para ampliarla):
Poco a poco nos fuimos alejando de las islas, que se empequeñecían en el horizonte hasta desaparecer por completo. Nos dio un poco de pena, pero había que volver a tierra firme. Al llegar, nos recibieron los mismos escalones empinados de otra escalera de hierro similar, trepamos por ellos al puerto y después nos dirigimos a este museo sobre las Skellig que hay en Valentia Island. Había empezado a llover, el tiempo había cambiado bastante, así que antes de entrar nos refugiamos un rato en el coche para comernos los picnics que llevábamos en las mochilas desde por la mañana mientras mirábamos Portmagee y el mar desde otra isla, aunque esta tenga un puente a tierra firme.
Al salir del museo fuimos a la otra punta de la isla para coger el trasbordador, con el coche y todo, y cruzar a la otra orilla. Desde allí fuimos a Rossbeigh para pasear por la playa, aunque la tarde no era muy agradable. A la vuelta, estuvimos mirando varios sitios para cenar en varios pueblos, pero no nos convencieron, así que volvimos a Portmagee y decidimos probar el pub "rival", pero creo que nos equivocamos. Es que sólo hay dos pubs: uno que pertenece a los dueños del B&B donde estábamos alojadas y otro. Como la noche anterior habíamos cenado ya en el restaurante de los dueños del B&B, decidimos explorar. Pero en el otro pub, que era típico irlandés, eso sí, sólo había un grupo de hombres en la barra y otra sala donde estaban cenando una familia francesa y una pareja italiana. Eso ya debería habernos dado la pauta, porque en el otro local se llenaba siempre de gente del pueblo y alrededores, o sea, que tenía buena fama. Pero bueno, al final la cena no estuvo mal, a pesar de todo.
Faltaba todavía ir a pub de siempre para gastar la invitación que teníamos a un café irlandés, así que, allá fuimos y pronto nos dimos cuenta de que el ambiente era mucho mejor: pub más nuevo, mejor decorado, todo más limpio, mucha más gente, aunque tampoco estaba abarrotado porque, a esas horas, ya habían terminado de cenar y se habían ido a sus casas, que era un día entre semana y al día siguiente tendrían que trabajar. Los italianos del pub anterior, por cierto, también se habían venido a este y se habían sentado en la barra. Pedimos los cafés y nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, para ver anochecer sobre Valentia Island, que la teníamos enfrente. El whiskey irlandés desató las lenguas, sobre todo la mía, y acabamos hablando y hablando hasta casi las doce de la noche. No nos queríamos ir, pero al final decidimos subir a la habitación y dormir, que al día siguiente teníamos que conducir un montón de kilómetros y atravesar varios condados antes de llegar a nuestro destino.
CONTINUARÁ...
viernes, 27 de agosto de 2010
Skellig Islands 1 (Cuarta parte de Irlanda 2010)
Cuando por fin estábamos todos, emprendimos la marcha saltando entre las olas y eso que, parece ser que ese día no había muchas, pero pegamos unos buenos saltos, la verdad. Increíblemente, sólo una de mis fotos ha salido un poco movida. Pensé que, al ser una cámara de carrete, no saldría ninguna foto decente. Pero se ve que la apoyé bien en el borde del barco, la sujeté con fuerza para que no se moviera mucho y por eso las fotos han salido muy bien. Poco a poco fuimos viendo en el horizonte la Pequeña Skellig y luego ya, de repente, la grande, Skellig Michael, que nos recibió así:
Era una inmensa roca escarpada de color verde que parecía que se nos fuera a tragar. Y, al mismo tiempo, la sensación era acogedora. Habíamos tardado 45 minutos en llegar y el barquero nos dijo que nos esperaba a la 1.30 pm. Empezamos a subir por una rampa haciendo muchas fotos, nos quedamos las últimas, y, al llegar ya donde empezaba la escalera, había una guía explicando las medidas de seguridad, porque ha habido accidentes en los que se ha matado gente. Claro que, uno de los que hubo el año pasado, fue por salirse de las sendas marcadas, que la gente también es muy inconsciente. Luego nos dijo que leyéramos un cartel que había allí recordando las normas de seguridad (lo típico: no salirse de las sendas, tener cuidado al bajar y al subir, sobre todo, no empujar a nadie, si alguien tenía una enfermedad de corazón o de otro tipo, pero grave, que ni se le ocurriera subir, etc.) y yo me puse a leer y a traducir al español a mi amiga. A la guía le hizo gracia porque todo el mundo pasó del cartel y se fue para arriba mientras que yo me lo tomé muy a conciencia leyendo todo de pe a pa y traduciendo, así que, cuando acabé de hablar en castellano, me dijo en inglés, sonriendo: "Bueno, ya podéis subir", como pensando: "Venga, nenas, que llegáis tarde".
Así que empezamos a subir por la escalera al cielo, pensando que, desde luego, si los monjes querían estar cerca de Dios, no había un sitio mejor. Y qué paciencia construir los seiscientos y pico escalones que hay hasta llegar al monasterio. Hubo que tomárselo con calma, pararse a descansar, a hacer fotos y a observar a las gaviotas, animales hambrientos a la caza del sandwich del turista incauto que se le ocurriera sacarlo allí. Vimos cómo volaban sandwiches por el cielo en los picos de las gaviotas en menos que canta un gallo mientras los turistas les gritaban protestando. ¡Qué habilidad! Era sacar un sandwich de la mochila y en dos segundos ya se lo habían llevado por los aires. Eso no lo ponía en las instrucciones del cartelito, ¡ja, ja! Claro, cincuenta mil aves hambrientas en la isla de al lado, como para perderse la ocasión de saborear unos sandwiches, lo raro es que no nos comieran a las personas también. Así que decidimos guardarnos el almuerzo para mejor momento, porque habíamos desayunado muy bien, no teníamos hambre y tampoco queríamos que, con el meneo del barco, nos sentara mal la comida después.
Por fin llegamos al monasterio y había otra guía explicando cómo vivían los monjes en esas celdas de piedra que me recordaron a los pozos de nieve de mi tierra (ver aquí), es decir, piedra a piedra formando un círculo y, poco a poco, ir haciéndole una bóveda hasta que la última piedra encaja justo en el hueco que queda. En el vídeo que recomiendo más abajo se ve más claramente lo que digo.
Debía ser una vida bastante dura la de los monjes y no sé cómo se atrevían a subirse en aquellos barcos tan frágiles (si los de hoy son frágiles, imaginad los de la Edad Media) para irse a vivir a estas islas en las que el buen tiempo, ni siquiera está garantizado en verano. Como dijo la guía, hace dos o tres veranos hubo un temporal en el que los barcos no pudieron llegar a las islas durante diez días. Los guías viven allí durante el verano, debe de ser impresionante, sobre todo de noche con luna llena. Nos quedamos pensando dónde hay que echar el CV para solicitar ser guía. Un verano allí sería una experiencia inolvidable.
Más información sobre las Skellig:
- http://www.youtube.com/watch?v=yi7oUikuigA&feature=player_embedded Un documental en inglés, lo mejor para hacerse una idea de dónde fuimos, con la sensación del barco y de la isla.
CONTINUARÁ...












