Y comenzó el invierno... El frío era aún un compañero soportable, y un jersey y una buena calefacción permitían mantener una amistosa relación con la temperatura... Las inclemencias del tiempo se alternaban, como si lluvia, viento y frío se pusieran de acuerdo para turnarse, evitando así un excesivo tormento de los ciudadanos. Algunos días, la lluvia era suave, aunque pertinaz, te acompañaba, te envolvía, pero te permitía caminar bajo ella, con ella y hacer tu vida en la ciudad. Otros días, tomaba su rostro más fiero y se aliaba con el viento para hacerte sentir tan impotente como las pobres hojas rojas que ambos habían hecho desaparecer... Y otros días, desaparecían viento y lluvia, y dejaban que el sol fuera protagonista, poniendo un brillo especial en los verdes campos y recortando bellísimas las siluetas de las siempre presentes torres de las catedrales. Eran esos días de seco frío invernal, que me hacían recordar los fríos campos de Castilla... Días claros, fríos, recios, pero bellísimos...
Un nuevo cambio de hoja al calendario, y con diciembre llegó realmente, soberano, potente, imponente, el INVIERNO... Al regresar de Londres nos hizo conocer su presencia, zarandeando nuestro avión en un viento que era más bien un huracán helado, y azotándonos bajo la lluvia al descender la escalerilla (¡cual trémulas estrellas del cine clásico americano!) y atravesar, apenas conservando el equilibrio, la pista del diminuto aeropuerto para buscar refugio y maletas en la terminal. Un taxi nos llevó bajo la tormenta, en medio de la noche.... El ruido del viento era la voz dominante del invierno.... Y el frío fue ya un compañero inseparable, tan cercano a veces que atravesaba nuestros cuerpos y lo sentías invadirte las entrañas. Los jerseys más cálidos, la calefacción constante, no eran protección suficiente. El frío te abrazaba a pesar de todas las corazas, y te encontraba en la madrugada aunque te escondieras bajo los edredones.
Y Derry, esa ciudad de tantos colores, catedrales y murallas grises, ayuntamiento cobrizo, río azul, campos verdes, murales color sangre, Navidad blanca, dorada, verde y roja, puertas multicolores y otoño de ocres infinitos, esa ciudad que me brindaba cada tarde al salir de Santa Cecilia un rostro distinto de sus catedrales y su río desde lo alto de Creggan, esa ciudad de los dos nombres, se convirtió en una ciudad de cristal. La ciudad de las amapolas rojas, de los uniformes rojo y negro de los aprendices, de los bordillos pintados, y de los “colores” que hacen perder la cabeza a algunos fanáticos seguidores del Celtic, esa ciudad de tantos colores, se convirtió en una postal de blanca Navidad.
Y ese fue el milagro, la sorpresa, el guiño inolvidable, que Derry me brindó antes de partir. Cual en un cuento de hadas, la ciudad de ladrillo, cemento y piedra, amaneció una mañana, tan sólo dos días antes de mi marcha, transformada en una ciudad transparente. El campo de enfrente de mi casa no era ya verde, sino blanco, de un blanco brillante, casi un bellísimo espejo. Los árboles no eran ya rojos ni marrones, sino blancos, y sus ramas estaban cubiertas de unos finísimos cristales... Las calles, las puertas, las paredes, los coches, los tejados, hasta las telas de araña, se habían vuelto de cristal... Y una niebla también blanquecina envolvía, fantasmagórica, la ciudad... Al día siguiente, la niebla se disipó, y la ciudad siguió convertida en una joya, cada árbol, cada planta, era una finísima obra de artesanía, una delicadísima talla de cristal... Y al ir a Santa Cecilia por última vez, se me brindó una nueva imagen bellísima. El día era claro, una luz brillante acentuaba la intensidad del blanco cristalino que cubría calles, casas y jardines, pero una niebla blanca, baja, muy baja, formaba una nube alargada que se extendía en el horizonte, sobre Santa Cecilia y el cementerio, ofreciéndose a la vista de todos aquellos que se aproximasen a Bligh’s Lane desde el Creggan.
Adiós Derry. Creo que vi todos tus rostros, salvo el de la primavera... Tus árboles, ahora desnudos, se llenarán entonces de brotes, las flores embellecerán tus campos, los días se alargarán y la vida seguirá renaciendo bajo la lluvia... Pero yo no lo veré, no estaré allí, no subiré cada tarde la cuesta de Great James St., no saludaré al pasar a las casas de puertas y ventanas pintadas de colores, ni encontraré una y otra vez, desde diversos lugares de la ciudad, la silueta de la catedral de St. Eugene. Pero la primavera volverá.. La vida sigue y se renueva constantemente, y desde el lugar donde esté, siempre podré mirar el cielo y saludar a la luna llena.
Adiós, Derry.
(Fin del texto de Pilar)










