Esto no es lo que leí en los libros, ni en internet, ni me enseñaron en la escuela (que no recuerdo que me enseñaran mucho, tres generaciones después aún lo seguimos ignorando casi todo y es un tema que se pasa por alto siempre), ni vi en las películas. Esto es lo que me llegó por tradición oral, de padres a hijos o de abuelos a nietos, hasta llegar a mí.
Por un lado, mi abuelo Joaquín, del que ya hablé hace varios posts. Se fue voluntario a la edad de mis alumnos (16 años), lo hirieron y estuvo prisionero en un hospital, lo dieron por desaparecido, pero al final volvió. Se cambió la fecha de nacimiento para parecer un año mayor y haberse ido obligatoriamente. No podía soportar ver serpientes, ni siquiera en la tele. Se ve que se le enrolló una en aquellos tiempos y lo pasó fatal. Y siempre que nos dejábamos comida en el plato nos reñía diciendo: "¡Con el hambre que pasamos en la guerra!" Eso era lo único que contaba del tema, porque nunca quiso hablar de la guerra.
Por otro lado, mi abuelo Julio. Estaba segando en Salamanca cuando el ejército de Franco se lo llevó. El dueño de la finca o el capataz, no sé, fue tan cabrón que no lo avisó hasta el día anterior a pesar de tener la orden de que se tenía que presentar desde muchos días antes, para que siguiera segando y acabara el trabajo. Así que, llegó casi por los pelos al sitio y hora donde se tenía que incorporar. Llegó a ser alférez y, al acabar la guerra, se le entregaban todos los republicanos diciendo que estaban cansados y él no sabía qué hacer porque hubo un momento en que tenía más prisioneros que hombres en su unidad.
Mi bisabuela Concha se empeñó en hacer cocido, que es tradicional aquí el día de Navidad, a pesar de que se lo habían prohibido. Mi bisabuelo compró el terreno donde se ubica mi edificio actual en abril de 1936 y ahí se construyó una casa. En esta misma calle se ve que había un cuartel o algo así y vinieron unos milicianos casa por casa a decir que no se podía celebrar la Navidad y amenazando a quién comiera cocido ese día. Pero mi bisabuela no era una mujer que se dejara amenazar, así que, hizo cocido. Eso sí, en Nochebuena, no en Navidad, por si acaso. Que una cosa es no dejarse amenazar y otra ser temeraria. Tampoco es cuestión de dejarse fusilar por un cocido más o menos. Luego no vino nadie a comprobar si comían o no cocido y no pasó nada pero, como lo que va delante, va delante, mis bisabuelos y abuela ya se lo habían zampado.
Y esto es lo que me quedó de la guerra: un abuelo campesino que no tenía nada que ver con las armas y estaba tan tranquilo segando hasta que se lo llevaron, otro abuelo campesino y zapatero que se fue voluntario a una edad en la que hoy en día la gente está estudiando aún y que lo pasó tan mal que nunca más quiso hablar del tema y una bisabuela que no se dejaba intimidar, por la que como cocido cada Navidad. Sólo faltaba que, ahora que soy libre para comerlo, no lo hicera. Va por mi bisabuela, que no sabía leer ni escribir, ni siquiera hablar castellano, sólo hablaba en valenciano, pero seguro que hacía unos cocidos impresionantes. Fuera Navidad o no, hubiera guerra o no. Su cocido era sagrado.







