Tras el desayuno y cuando los americanos ya se habían marchado, nos quedamos un rato hablando con los dueños del B&B, quienes nos contaron un montón de cosas de su vida y de cómo ir a los acantilados de Moher, saltando una valla por la que estaba prohibido saltar, para ahorrarnos los ocho euros que cuesta el parking. Estos irlandeses son la leche, ¡son peor que los españoles! y mira que aquí somos pícaros. "Money for your pocket", me decía el dueño. Dinero ahorrado, al bolsillo. Intentamos hacerle caso, pero nos metimos en unos caminos rurales tan estrechos que me arrepentí de ello. Acabamos delante de una valla de piedra con unos pinchos de alambre en la que ponía claramente que no se podía invadir la propiedad privada (ya me lo había dicho el dueño del B&B, pero me dijo también que la ignoráramos y que, como éramos fuertes y jóvenes, no nos costaría saltar la valla). ¿Y los pinchos qué? ¿Y si nos pillaba la Garda, la policía irlandesa, qué? Además, había una puerta de metal para ganado y era difícil aparcar allí sin taparla. Total, que decidimos ir por donde va todo el mundo y pagar los ocho euros. La verdad es que, desde el año 95 es la cuarta vez que voy y creo que la primera que me cobran, estos irlandeses están espabilando mucho.
Llamé a Luciano para decirle que ya se había hecho tan tarde que no nos daba tiempo para comer en Galway, pero que podíamos tomar café después y me contestó que no nos preocupáramos. Seguimos visitando el Burren, una zona pedregosa que hay cerca de los acantilados y allí, en una oficina de correos perdida del mundo, compré sellos. Eché algunas postales, pero no quise echarlas todas porque no las iban a recoger hasta el lunes siguiente y pensé que en Galway las recogerían antes, pero después allí era igual. Llegamos a Galway sobre las cuatro de la tarde y estuvimos paseando por la zona comercial hasta que llegaron Luciano, Ángela y el pequeño Leandro. Entonces nos sentamos en una terraza a tomar un capuccino y estuvimos hablando de todo un poco, ya que hacía tres años que no nos habíamos visto.
Luego ya, seguimos viaje hasta Connemara, que era donde íbamos a dormir esa noche. Paramos por el camino a comprar víveres para hacer un picnic y mi compañera dijo que sería un buen momento para ver la puesta de sol, ya que ese día no estaba nublado como otras veces. Le pregunté a la dueña del B&B y nos indicó un sitio precioso, en un lugar donde teníamos el mar a un lado y un lago al otro lado. Nos perdimos un poco, pero al final lo encontramos justo a tiempo, justo cuando estaba a punto de esconderse el sol. Cenamos dentro del coche y, al volver al B&B nos encontramos con unos burritos blancos en la carretera. Al llegar, nos tomamos un té y nos fuimos a dormir, que ya habíamos recorrido un buen trozo de Irlanda ese día también y nos esperaban más aventuras a la mañana siguiente.

CONTINUARÁ...
Pdata. Gracias a todos los que se han acordado de que hoy es mi cumpleaños y, a los que no, pues se lo recuerdo, ¡ja, ja!














El jueves, después de cuatro años esperando este momento, por fin nos conocimos en persona